CIUDAD DE MÉXICO (AP) — La reapertura de actividades en la Ciudad de México era el miércoles una mezcla de un regreso organizado a la “nueva normalidad”, con rigurosas medidas higiénicas en algunas zonas y caos, tráfico y gente amontonada en las calles en otras.

La capital mexicana, con más de 48.000 contagios confirmados y más de 5.400 muertes, pasó esta semana del nivel de alerta máxima —el semáforo rojo— a uno más leve —el naranja—, y aunque la jefa de gobierno Claudia Sheinbaum recordó que el semáforo actual “está más cerca del rojo que del verde”, en el centro de la urbe lo único que parecía indicar que había una pandemia era el uso de cubrebocas, aunque algunos los llevaran como collares colgados del cuello.

En el denominado Eje Central, una avenida que recorre la ciudad de norte a sur, Zeny García y sus tres hijos se paseaban por unas zapaterías ya abiertas con las mascarillas y lentes de protección, pero como si estuvieran en un día de compras normal.

“Ya necesitábamos salir”, dijo la mujer jubilada.

Junto a ellas, el tráfico a primera hora de la tarde era intenso. La gente repartía publicidad en banquetas abarrotadas, los puestos de tacos estaban junto a kioskos que vendían supuestas mascarillas N95 y decenas de comercios de tecnología con sus cortinas de seguridad abajo tenían a su personal en la puerta para ofrecer los servicios, aunque fuera en plena calle.

El gobierno de la ciudad estableció reglas de apertura como la desinfección de zonas, usar caretas protectoras, gel o tomar la temperatura, pero sólo parecían cumplirse en ciertas partes.

Los restaurantes empezaron a recibir a sus primeros clientes en meses, pero algunos a cuentagotas. Varios apenas tenían un puñado de mesas ocupadas, lejos del 40% permitido, aunque en ciertos sitios no faltaba la música que buscaba atraer gente.

“No es que ya debiéramos salir, pero estábamos fastidiados de estar encerrados”, dijo Rosa Icela Vázquez, que disfrutaba de su comida junto a su marido y su nieta en uno de los locales más famosos del centro de la ciudad, la Casa de los Azulejos, un antiguo palacio de la época virreinal. “Aquí, además, tienen muchas precauciones”, agregó.

La cafetería, que se precia de haberle dado servicio a los revolucionarios Pancho Villa y Emiliano Zapata, no había cerrado nunca en más de cien años, pero la pandemia obligó a clausurarla dos meses y medio como casi todo el centro histórico.

“El COVID hizo lo no que no logró la Revolución”, dijo su gerente, Virginia Viedma.

Este establecimiento, como muchos otros, tenía organizadas las entradas y salidas, mantenía a todo su personal protegido, proporcionaba gel, toma de temperatura y había tapetes sanitizadores, pero en su primera jornada sólo había recibido a 35 clientes, cifra que dista de los 1.800 que solían llegar antes de la pandemia. “La gente se está adaptando a salir”, agregó Viedma.

Algunas calles turísticas del centro estaban cerradas y policías vigilaban que el paso fuera ordenado y en una sola dirección. El Zócalo —la plaza principal de la ciudad— se mantenía muy tranquilo, pero si uno se alejaba unas calles, comenzaban las aglomeraciones.

“En nada vuelven a cerrar”, temía Juan Alberto López, un taxista.

El miércoles, el número de casos confirmados siguió subiendo al sumar 5.681 nuevos infectados y llegar a 231.770 en todo el país, con al menos 28.510 muertes.

Las autoridades sanitarias tanto federales como de la capital han advertido en numerosas ocasiones que si los contagios repuntan se volverá a decretar el cierre, pero muchos de los que estaban ya en la calle prefieren que se active la economía.

No obstante, algunos cuestionaban ciertas normas, como el autorizar que un día abrieran todos los comercios de los números pares y al siguiente los de los nones.

“La gente se agolpa así en un lado de la calle cada día”, comentó Edgar López, un agente auxiliar que vigilaba una de las avenidas.

Junto a la catedral, agentes de viajes intentaban captar a los turistas que no había, aunque según Luis Oviedo, que ofrecía tours alrededor de la capital, “ha empezado a llegar gente, mexicanos que están estresados y quieren salir”.

A los únicos que parecía irles mejor es a quienes hacen las llamadas “limpias” y purificaciones. Horacio Cerón realizaba unas 50 antes de la pandemia y ahora, aunque con muchos menos paseantes, hace unas 20, una cifra que le parece muy buena.

“La gente acude más a nosotros porque hay muchos más problemas, cada vez menos dinero y menos trabajo”, dijo.

Cortesia AP

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