Ofelia Traña, la mujer que mató a sus tres hijos para vengarse de su expareja infiel

La madrugada del jueves 21 de febrero de 1974 nadie escuchó nada extraño en el barrio El Hospital, Jinotepe, donde Ofelia Traña vivía con sus dos hijas, de 11 y 9 años, y su bebé de cuarenta días. Los asesinatos se cometieron sin ruido. No hubo gritos, ni quejidos. Solo silencio.

Por la mañana, Ana Julia Traña, hermana de Ofelia, llegó a la casa y descubrió los cuerpos de sus sobrinos. Las hermanitas estaban acostadas boca arriba en la misma cama, medio cobijadas por una vieja sábana a rayas; una en sentido contrario de la otra, sobre el colchón empapado de sangre. Doris, la mayor, tenía la cabeza ladeada y se veía incómoda, un poco retorcida, con la camiseta y los brazos teñidos de rojo. A su lado, Lourdes parecía estar profundamente dormida, se había llevado las manitos al vientre y estaba cobijada de la cintura para abajo, pero se alcanzaba a ver su pie derecho, cerca de la cabeza de Doris. Ambas vestían calcetines blancos, pero los de Lourdes estaban manchados por la sangre de su hermana.

El bebé, Pedro Félix, se hallaba cerca, acostado boca abajo en un pequeño catre, cubierto por una colcha y vestido con una camisita amarilla. Sobre el piso de tierra, en un charco de sangre, se encontraba su pacha. La única bujía del cuarto estaba encendida.

La madre de los tres niños, Ofelia Traña,  yacía tirada en el piso de tierra, herida y semiinconsciente. Igual que los niños, tenía un corte en la garganta; pero además una herida en la boca del estómago, justo debajo del ombligo, y otra en la muñeca izquierda. Tras el hallazgo fue trasladada en una ambulancia de los Bomberos al Hospital Regional de Jinotepe, donde laboraba como enfermera, para ser intervenida quirúrgicamente, y ahí logró balbucear algunas palabras para acusar a su expareja, Pedro Selva, como autor intelectual de los asesinatos.

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Ofelia declaró que «dos hombres altos y peludos, uno delgado y el otro grueso» habían llegado a su casa y entrado a la fuerza, luego de violentar la puerta quebrando una regla que servía de tranca. Al juez Armando Picado, que llegó al hospital para tomar su testimonio, le dijo que «los hombres la atacaron y le dijeron que Pedro les había pagado y que llegaban a vengarse».

En esos años, Pedro Selva, padre del bebé de cuarenta días asesinado, era el rey del bateo en el beisbol amateur nicaragüense, que vivía su época de oro. «Conectaba cuadrangulares espectaculares, impulsaba decenas de carreras para su equipo y su promedio de bateo era inigualable»; fue «el único de su generación en lograr la hazaña de conquistar el título de mejor bateador tres años consecutivos», narra la revista Magazine en el reportaje Al bate, Pedro Selva, publicado en septiembre de 2015.

La noche anterior el pelotero había estado en un cine viendo una película de Drácula y por la mañana, cuando todo el pueblo empezaba a hablar de los horribles crímenes, decidió ir a entregarse por su propio pie al Comando Departamental de la Guardia. «Digan a la fanaticada y al mundo que Pedro Selva no es un asesino», les rogó, llorando, a los periodistas.

Arriba, Ana Julia Traña. En la foto de abajo. una de las niñas asesinadas.

Por una uña

Aunque desde 1962 estaba legalmente casado por lo civil con una jinotepina llamada Carmen Briceño, empleada doméstica y madre de sus tres primeros hijos, Pedro Selva «tuvo varias parejas en su años mozos», detalla el reportaje de Magazine. «Se separó de Briceño y de acuerdo con una denuncia pública no aportaba en la manutención de sus hijos»; luego se unió a Ofelia Traña, con quien tuvo a Pedro Félix.

A ella la conoció luego de un pequeño accidente en el que se le rompió la uña del dedo gordo de un pie. Fue al hospital de Jinotepe y ahí fue Ofelia quien lo atendió. «Ella comenzó a curarle la uña en el hospital, pero finalmente dijo que lo atendería en su propia casa», relató a los periodistas doña Luisa Selva, madre de Pedro, durante la vela de su nieto. «Otro día, Pedro se quedó a dormir allí y prácticamente se fue de mi casa donde vivía, para irse a vivir con ella».
Eso fue ocho años antes de los crímenes, cuando Ofelia era una jovencita recién separada de su primera pareja, Juan Ignacio García Beteta, con quien tuvo dos niñas: Doris y Lourdes.

Juan Ignacio sospechó de la enfermera desde el primer momento. Llegó a recoger los cadáveres de sus hijas como a las 9:00 de la mañana de ese jueves 21 de febrero. Y cuando le preguntaron «¿Sospechás de alguien?», respondió sin rodeos: «Sí, de Ofelia. Cuando llegué a la pieza donde ella vivía con mis hijas no observé ninguna huella de violencia».
Una noche antes de los asesinatos, la mayor de las niñas le había mandado un mensaje con su tía, Ana Julia Traña: «Papacito, nos vas a venir a ver hasta que estemos muertas».

Doris y Lourdes llevaban varios días enfermas de gastroenteritis, una enfermedad que en ese momento estaba azotando a la niñez más pobre y malnutrida del país. Ese miércoles Juan Ignacio le pidió a Ana Julia que el jueves le llevara la receta de los medicamentos para comprárselos a las niñas, pero ya no pudo hacerlo. El reclamo de la pequeña Doris se convirtió en una profecía.

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Pedro Selva con Rosa Gordon (sentada en sus piernas), la joven que despertó los celos de Ofelia Traña.

Atentado

Pedro Selva, entonces de 30 años, también tenía motivos para sospechar de la madre de los niños. Menos de un mes antes de los crímenes, él mismo había sido víctima de un atentado. Ofelia le disparó a matar. La bala entró por el pecho, se alojó cerca del corazón y Pedro se salvó de milagro. Todavía estaba bajo tratamiento cuando asesinaron a su bebé.

«Por ese atentado del 30 de enero de 1974, Traña fue arrestada, pero a falta de una cárcel de mujeres la dejaron en libertad. Se le asignó un custodio y salió bajo restricciones», afirma la revista Magazine. «Pedro levantó los cargos en su contra y pidió que se suspendiera el proceso. Ella era la madre de su hijo recién nacido, aunque aseguraba que ya no estaban juntos. Él decía que ella era demasiado celosa y ella que él era un mujeriego». Tenía celos de una costeña llamada Rosa Gordon.

Aparte de ese claro intento de homicidio, el pelotero recibió otra clase de amenazas. Pedro declaró que hacía un tiempo, su excompañera le había dicho: «Si me dejás por otra mujer, tené presente que te mato a vos, a los niños, y después me mato yo». Para él, el deseo de inculparlo en los crímenes, respondía a «los celos» de Ofelia.

«Yo no soy un estúpido para mandar a hacer eso. Es cierto que no soy estudiado, pero no soy estúpido ni asesino para mandar a matar a nadie, mucho menos a la carne de mi carne», dijo adolorido. Y respondió «todo puede suceder» cuando un periodista de LA PRENSA le preguntó si creía que su ex mujer tenía algo que ver en los asesinatos.

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El juez Armando Picado muestra el cuchillo usado para asesinar a los niños de Ofelia Traña.

Confesión

Ofelia Traña se quebró cuatro días después de los crímenes, el lunes 25 de febrero de 1974. El teniente Donald Rodríguez estuvo cuatro horas convenciéndola de que dijera la verdad.

«Mire, teniente, mis problemas son grandes. Hace dos años vine de Aranjuez. Ya Pedro Selva era un pelotero famoso, se le metían las mujeres, teníamos ocho años de convivir. Él era un ídolo, andaba con otras”, acabó confesando la enfermera de 27 años. «Ese día ya no aguanté… Comencé por la niña de en medio… luego la otra… luego el niño… ¡Quiero morir, quiero estar con mis hijos!».

La noche del 20 de febrero, se fumó quince cigarrillos. Estaba inquieta, ansiosa, agobiada por la pobreza y las infidelidades de Pedro. Estuvo dando vueltas de un lado a otro por la casa y quiso tranquilizarse con dos pastillas de Pasilán, pero «se acostó desesperada», pensando en el balazo que le había dado al pelotero. Pensaba también, dijo, en sus muchos problemas económicos y en sus niños enfermos. Y esas ideas la mantuvieron en zozobra hasta las 2:00 de la mañana.

Finalmente «tiró la sábana a un lado y saltó de la cama… Fue algo así como cuando dicen que a uno se le mete el diablo y en términos de muy pocos segundos determinó quitarle la vida a sus hijos y la de ella misma para no seguir sufriendo», informó a los periodistas el juez Armando Picado, quien tomó nota de las declaraciones de Ofelia.
Contempló durante unos instantes a sus hijos dormidos antes de proceder a matarlos. Primero los pinchó con una aguja hipodérmica para aplicarles un poco de anestesia; después tomó un cuchillo de cocina, sin mango, puntiagudo, y se lo clavó en la garganta a Doris. La siguiente fue Lourdes y por último Pedrito.

A continuación Ofelia quebró la tranca de la puerta para aparentar que la entrada había sido forzada. Acto seguido se hundió el cuchillo en el abdomen, se practicó una herida en la garganta y se cortó la muñeca. Quería desangrarse hasta la muerte, pero sus cálculos le fallaron. Tuvo que vivir para enterarse de que sus hijos estaban muertos y ponerle la cara a los medios de comunicación.

Pedro Selva estuvo preso cinco días. En la cárcel recibió asistencia médica porque la tragedia complicó su situación cardiaca y tuvo que asistir escoltado al entierro de su hijo. Quienes lo conocieron dicen que nunca se recuperó.
Ofelia Traña fue acusada por el triple parricidio. La encarcelaron un tiempo en una celda especial de Jinotepe. En los meses siguientes los medios nacionales especularon sobre un posible trastorno mental y finalmente un médico la declaró incapaz de cumplir su condena en prisión. Fue remitida al hospital psiquiátrico de Managua y luego de eso se perdió su rastro.

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La Prensa. 25 de febrero de 1974.

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