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Y ahora, ¿de nazis?

José Peñuela

Noviembre 20, 2021 – 6:36 PM

* La insoportable levedad colombiana

* Vivimos un crimen de lesa historia 

 

Pocas cosas tan indignas e indignantes en la historia de la humanidad como los insólitos argumentos raciales del nazismo que llevaron, no solo al infame holocausto judío. También al asesinato en serie de opositores, periodistas, literatos, gitanos y todo lo que se opusiera a la visión esquizofrénica de Hitler y sus áulicos.

Por eso no deja de sorprender, en manera grave, que precisamente esta semana se hubiera llegado al exabrupto de celebrar un supuesto acto pedagógico solemne en una de las escuelas de la Policía nacional, con Alemania de invitado especial, exaltando semejante idea inhumana de la existencia, la política y el Estado, que encarnó el hitlerismo y sus objetivos protervos. Y que aún es una mácula imborrable en los sucesos orbitales todavía frescos.

Desde luego, el asunto escaló al más alto nivel internacional con la condena respectiva e inmediata de los embajadores de Alemania, Israel y Estados Unidos, en Colombia. Inclusive, el mismo presidente Duque terció en la discusión y pidió sanciones ejemplares. En ningún caso, por supuesto, el tema era para dejar de lado y calificarlo de error ingenuo. Sabido es que el planeta lucha, desde hace décadas, contra esa herencia diabólica nazi, incluso a través de la publicación de ensayos semanales, biografías, estudios académicos y cuanto escrito, filme o serie, a fin de que esa historia de barbarie a lo Gengis Khan (o peor) no se repita.

Pero no parecieron, en modo alguno, enterados de ello quienes, bajo el manto de la institución policial, actuaron obnubilados por un dislate de esas características. Lo cual ipso facto pone sobre el tapete una anomalía evidente en la instrucción que se le da a nuestros policías. Y que nace, ciertamente, de la negligencia que, en general, ha tenido el país desde hace lustros frente a la enseñanza de la historia, tanto la colombiana al igual que la universal, como si ella no fuera parte sustancial y sensible de la educación individual. No solo de los agentes del orden, sino de todos los colombianos.

De hecho, fueron los citados embajadores quienes exigieron, en sus comunicados, sanciones e investigaciones ejemplares, lo mismo que pidieron profundizar en el estudio de la historia en el país. Ya que aquí no se oye por lo menos desde el exterior se ha dado un llamado de atención claro para que Colombia retome la senda de este tipo enseñanza como una materia ineludible, autónoma y específica. Porque no se crea, como aquí suele pasar, que la historia es simplemente una sucesión de hechos para memorizar por unos días o un anexo secundario a cualquier “costura”, por decirlo así. No. El estudio de la historia es lo que permite a una persona adquirir, de forma paulatina, juicios de valor sobre los sucesos antecedentes y enriquecer una posición personal derivada de las lecciones que puede sacar de ello con el objeto de posicionarse conceptualmente mejor hacia el futuro. Es decir, lograr una mayor entidad: obtener una personalidad más completa.

En efecto, no tener una idea clara del mundo circundante es como pasar por la vida sin ton ni son, exento de espíritu. Y esto es todavía más grave y gravoso en una sociedad electrizada como la actual, sujeta a la automatización tecnológica y al reciclaje del odio y el resentimiento de las redes, donde minuto a minuto el ser humano es tan solo un estridente receptáculo de emociones maquinales sin ninguna capacidad de reflexión, hasta ser anulado.

No se trata, pues, simplemente de caerle a los policías que ya fueron sancionados porque eso resuelve en muy poco el problema central ya descrito. Están bien las sanciones, como factor disuasivo. Pero la falla va mucho más allá. Y no solo en la instrucción correspondiente dada en la Policía, como ya se dijo, sino porque la falencia cubre buena parte del país.

Esa falta de sentido de la historia es lo que impide, por ejemplo, una democracia más vigorosa. No ha sido fácil para Colombia imponer una estructura de orden y libertades, desde la época en que se convirtió en república. Dice la Constitución vigente que corresponde a toda persona en el país el “deber de proteger los recursos culturales”. Ahora bien, parecería esto un simple consejito al margen de una responsabilidad constitucional primordial. Tampoco se atiende, en modo alguno, el artículo octavo de la Carta según el cual “es obligación del Estado y de las personas proteger las riquezas culturales”. Pero ¿Cuáles? Si estas ni siquiera se enseñan.

Muy lamentable, por supuesto, que Colombia hubiera caído, así fuera tangencialmente, en el pútrido fango nacionalsocialista. Sobran ejemplos recientes de otros estropicios: declarar intempestivamente a Irán de enemigo; de improviso señalar internacionalmente a la literatura como una actividad neutra; pintar con acrílico las murallas de Cartagena. En suma, si algún día no se retoma el hilo de la historia, si se mantiene ese desafuero educativo que surge en todos los niveles del país, cualquier otro día Colombia volverá a quedar por el piso, a semejanza de las estatuas recientemente vandalizadas que nunca se volvieron a poner.  

 

El Nuevo Siglo

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