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Román Carlos y su legado social –

Han pasado 10 días desde el fallecimiento de Román Carlos Bregni. Aún no se asienta en mi mente esta nueva realidad. Siempre es difícil procesar los sentimientos que genera la partida de un ser querido. Más todavía, si la muerte fue prematura e inesperada. En el caso de Román, la pérdida no la sufre solo su familia y las personas que lo queríamos, sino toda la sociedad, y hasta el mundo entero, pues su trabajo tuvo efecto y trascendencia global en su especialidad; un legado todavía poco comprendido y conocido en Guatemala. Entregó lo mejor de su saber y ciencia a sus miles de pacientes, las más de las veces, de manera extraordinariamente acertada.

Mucho se ha dicho ya en estos días de su enorme talla como profesional, intelectual y científico de las ciencias de la salud, pero su compromiso iba más allá. Román tenía un enfoque sistémico de la enfermedad oral que le permitía entender que un problema en la boca o en un diente podía ser un signo o síntoma de una enfermedad que se estaba desarrollando en otra parte del cuerpo, o bien, que esa enfermedad oral podía generar daños más allá de la cabeza y cuello. Conectaba su enorme capacidad diagnóstica de tejidos y células con cualidades de diagnóstico clínico que ya quisieran muchos médicos tener. Comprendía como pocos que muchas enfermedades orales también eran producto de determinantes sociales, económicos y de falta de acceso oportuno a servicios de salud y a medicamentos, razones por las cuales se embarcó en auténticas cruzadas contra las tabacaleras y la denuncia de la corrupción y el lucro que marca la práctica de la medicina en la actualidad, no digamos, al mercado de medicamentos. En Román, esas posturas no eran discurso, eran prácticas de vida. Por todo esto, su muerte tiene trascendencia social en Guatemala. Perdimos a un defensor de la vida y del bien común; a un luchador por el derecho a la salud, que lo arriesgó todo por mejorar nuestro bienestar.

Román no fue una “monedita de oro”; nunca pretendió serlo. Su carácter recio, su talante volcánico, pero, sobre todo, lo inquebrantable de sus principios, lo hacían una persona que resultaba incómoda para muchos en esta sociedad hipócrita que tolera y hasta fomenta el hambre, la enfermedad y la injusticia para las mayorías, mientras en público se rasga las vestiduras apelando a Dios, la religión y las “buenas costumbres” con la que disfrazan la ambición y la falta de escrúpulos. Jamás tuvo empacho para desnudar la mercantilización de la salud y el aprovechamiento de la enfermedad y el sufrimiento humano para el lucro, asunto que tuvo enormes costos e implicaciones materiales y emocionales en su vida, que sin duda contribuyeron a su prematura partida.

Quienes lo conocimos sabemos que atrás había una incomparable capacidad para la bondad y la generosidad. Se desvivía por compartir su conocimiento con sus estudiantes y otros patólogos que verdaderamente querían aprender. Sus pacientes eran su vida; sin importar si podían pagar o no, trabajó y luchó por ellos hasta su último día. Tristemente, al igual que ellos, y cuando más lo necesitó, el sistema de salud no le respondió, ni el público ni el privado.

Estos últimos años, muchos hemos perdido familiares, amigos, seres queridos. Como sociedad, hemos perdido también hombres y mujeres que, como Román, lo dieron todo para que Guatemala fuera un país democrático e incluyente, donde no hubiera hambre ni pobreza, y la salud fuera un derecho para todos. Román se fue con el dolor de ver esa posibilidad desvanecerse. Pero nos queda su ejemplo y legado como una antorcha que ilumina en medio de la oscuridad totalitaria que se instala en su amada Guatemala.




Prensa libre

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