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Reino de libertad –

La Iglesia católica celebra una fiesta litúrgica en honor a Jesucristo, rey del universo, el último domingo de su calendario festivo; es decir, mañana. El título de “rey” atribuido a Jesús de Nazaret tiene raíces antiguas. El Mesías de Israel inicialmente era su rey, su gobernante político. Luego fue el título aplicado al liberador esperado. Jesús reivindicó para sí la identidad mesiánica, pero de un modo que no se ajustaba a las variadas expectativas vigentes en la época. En torno a esa identidad se desarrolló el juicio que lo condenó a muerte.

La convicción de sus seguidores de que había resucitado y gozaba de la dignidad divina confirmó su identidad mesiánica, que se desbordó de tal manera que los cristianos comenzaron a aplicarle a Jesús el título de “rey”, tal como se le aplicaba en los salmos y en algunos pasajes de los libros proféticos, no al Mesías, sino al mismo Dios. Entre los escritos del Nuevo Testamento, el Apocalipsis es el que más ampliamente honra y alaba a Jesucristo con títulos reales. Él es rey de reyes y señor de señores, rey de la gloria y soberano de los reyes de la tierra.

Ese último atributo ha tenido y sigue teniendo implicaciones políticas en este mundo. Cualquier gobernante con aspiraciones de poder absoluto o arbitrario tarde o temprano comienza a perseguir a los cristianos sobre los que pretende ejercer el poder. Porque tener fe en Jesucristo y llamarlo rey de reyes y soberano de los reyes de la tierra es la manera en que ese cristiano rechaza cualquier pretensión que un ser humano pueda tener de erigirse en árbitro supremo de vidas y haciendas. El cristiano convencido de su fe siempre dirá: no, no eres tú la autoridad máxima, para mí hay alguien por encima de ti, a quien tú le debes rendir cuenta y a quien yo debo obedecer antes que obedecerte a ti. De hecho, el libro de los Hechos de los Apóstoles 5,29 relata que cuando las autoridades religiosas de Jerusalén quisieron poner freno a la incipiente expansión del cristianismo y prohibieron a los primeros difusores del evangelio que continuaran predicándolo, ellos respondieron: “hay que obedecer a Dios antes que a los hombres”. La confesión de la soberanía de Cristo relativiza toda pretensión de poder absoluto, sea en el ámbito civil o en el religioso. Ese alcance de la fe cristiana hace que la Iglesia haya sido y sea todavía objeto de persecución y supresión de parte de los regímenes totalitarios de derecha o de izquierda. La confesión de la soberanía de Cristo es el fundamento de la libertad personal frente a toda pretensión de absolutismo.

Pero se plantea una pregunta: ¿Cómo saber si la libertad que uno reclama para rechazar una disposición arbitraria de la autoridad prepotente es un reclamo legítimo y no otra arbitrariedad personal simplemente contraria o diferente a la de la autoridad? ¿Por qué la conciencia del creyente va a tener mayor legitimidad frente a las disposiciones de la autoridad? La pregunta remite necesariamente a otro aspecto de la soberanía de Cristo. Él ejerce esta soberanía para promover la verdad y la bondad. Debe haber criterios objetivos por los que la conciencia personal pueda discernir que su posición no es una simple conveniencia, opinión o prejuicio personal. Para poder ejercer la libertad personal frente a la arbitrariedad del poder es necesario remitirse a los códigos objetivos por los que se establecen tanto la verdad de las cosas como los criterios éticos de la conducta humana. La conciencia no fabrica la verdad ni establece el bien y el mal. Cuando impera el relativismo en esos campos, invocar el reinado de Cristo para respaldar la propia opinión arbitraria o conveniente es trivialización blasfema.




Prensa libre

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