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Politizamos todo sin crear conciencia política – Noticias Mexico

Ciudad de México /

Con un pie en la FIL Guadalajara 2021, donde presentará Pensar México II (Taurus, 2021) acompañado por Guillermo Arriaga este domingo, Maruan Soto Antaki (CdMx, 1976) dice que este país, como la especie en su conjunto, tiene una capacidad infinita para descubrir la peor versión de sí mismo y considera que la sociedad mexicana no está dispuesta a reconocerse, mientras “mantiene una extraña relación de estima exacerbada y desprecio a mucho de ella misma”.

Colaborador de MILENIO, el autor plantea que es una especie de vocación infantil la de creerle a un gobierno por ser tal, como el hijo que se entrega al padre porque no ve razón para no hacerlo, y dice que sin importar segmento político, nos conformamos con ser una “opinocracia entusiasta de que nuestros textos solo encuentren lectores que se parezcan a nosotros”.

Pasado y memoria, migración y diáspora, futuro y esperanza: has llevado al extremo la búsqueda de conceptos que, en tu opinión, llaman al engaño.

«En gran medida, efectivamente. Del primer volumen de Pensar México a este me hice viejo, nos atropelló una pandemia. El mundo entró con fervor al antiintelectualismo y apostó por el reduccionismo. Entonces, a la memoria le di otra importancia. Siria, la otra fuente de mis angustias, siguió destruyéndose y pude pasar grandes temporadas en la frontera norte de este país. Al verme con esos extremos, me quedaba llevar la búsqueda a dicho lugar. Migración y memoria van juntas, también esperanza. Sobre ellas vi mayor honestidad en ambos lados de la frontera mexicana que en el discurso de cualquier político, y vi un país extraviado en esos discursos. Me obligué a pensar en si estamos siendo responsables con el país que estamos construyendo o nos estamos engañado».

Ves a México como “la peor de nuestras versiones” y en mucho lo atribuyes a que caímos en la trampa del espectro ideológico. ¿Ya tocamos fondo?

«No, para nada. Tengo confianza en la capacidad casi infinita de nuestra especie, aquí o en cualquier lado, para seguir descubriendo peores versiones de nosotros mismos. Hay un punto en cada aspecto negativo de las sociedades en el que la continuidad es deterioro: en nuestras relaciones políticas y sociales, ahí estamos. Solo que no veo gran intención de modificar la tendencia».

Y luego la estocada: «No somos un país normal”. ¿Cuál sí, en estos convulsos tiempos? Lo pregunto sin resignarme ni ver normales eso que llamas “desgracias culturales”.

«Volvemos a los límites. Bajo la idea de que ningún país es normal nos arriesgamos a relativizar todo y es algo que se nos da bien. Hay un piso mínimo, siempre, bajo el que se intenta entenderse. En toda la serie de los Pensares (Medio Oriente, el primer volumen de México y en Occidente, como en éste) parto del lenguaje como instrumento para tratar de entender el lugar en el que estamos parados. El lenguaje tiene la condición de mutabilidad e inmutabilidad con la que un código compartido nos otorga significados comunes, siempre modificables en el tiempo. Mañana, la palabra papaya puede significar un melón, pero hoy es una papaya. Bien, lo normal es compartir la noción de que respeto es no insultar, que democracia es diálogo y no imposición, que la tragedia es tal y que frente a la muerte evitable queda la deuda de saber qué la pudo evitar. Es un piso mínimo que aquí no tenemos empacho en perder, por eso la anormalidad. Tenemos prisa en perderlo. ¿Qué hicimos para ello? No admito las respuestas únicas o simplonas que adjudican responsabilidades sin jerarquía. Pensemos, mejor. Detesto los libros de recetas y darlas no es la función del intelectual«.

Reclamas a los opinadores no detenerse en el contexto, en la “atmósfera” creo que es la palabra que usas, y se percibe que ésta no es otra que la violencia.

«Hay niveles de violencia. La de mi otro territorio, Medio Oriente, sabes bien lo que me ha costado. La casa, la familia, el derecho de regresar. Ahora, nadie pensaría en la posibilidad de hablar de Siria hoy sin el contexto de la guerra. Tampoco podemos hablar del Líbano sin su entorno de corrupción. ¿Cómo hablamos de México sin nuestra crisis de derechos humanos? Bien, como en la mayoría de los editoriales en todos los periódicos. Pasando la crisis a un segundo plano de la vida que nos permite tocar cualquier tema sin detenernos constantemente en lo que más nos hace daño. Hay otra atmósfera a la que me refiero. El mero entorno. Escribimos de cuanta cosa se nos ponga en frente como si fuesen casos aislados. Gustan llamarle coyuntura. A la opinocracia le reclamo eso y más, con éste ya van dos volúmenes en los que amplío mis reclamos. Será porque me crie en ella y sigo viviendo a su lado. Por alguna razón, no parece que hayamos entendido nuestra función pedagógica».

Te comentaba cuando presentaste el Pensar México inicial que es homérica la empresa de explicar esta nación, y si no hay que leer a Samuel Ramos, Alfonso Reyes, Octavio Paz, Carlos Fuentes, Jaime Labastida. ¿Cómo sales de tu incursión y ahora ya por partida doble?

«No sé si salga y tampoco ha pasado por mi cabeza hacerlo. Incluiría a una más en tu lista, por razones obvias. Mi madre, Ikram Antaki, con su título El pueblo que no quería crecer. Mis pretensiones no me llevan por ahí. Antes que explicar este país, me trato de responder por qué dejamos de querer entendernos. No veo una sociedad dispuesta a reconocerse, mientras mantiene una extraña relación dual de estima exacerbada y desprecio a mucho de sí misma. Hay un aspecto fundamental en mis preocupaciones y es ahí donde sitúo este Pensar, a diferencia del primer volumen y eso porque veo tres años envueltos en una embriaguez aterradora y no me gustan las resacas. Si conseguimos politizar cada elemento de la vida, ¿por qué no logramos mayor conciencia política? Si alguien cree que la conseguimos, ¿por qué parece que la existencia política de unos depende de la inexistencia política de otros? ¿Por qué resulta tan difícil responder qué país queremos ser? ¿Cómo responder a esto sin lugares comunes?».

YHC



Milenio

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