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Cristina Peri Rossi recuerda a Cortázar – Noticias Mexico

Gil bajaba la cortina de la semana convertido en pinole. Caminó sobre la duela de cedro blanco y caviló: la nueva Premio Cervantes, Cristina Peri Rossi (1941) ha escrito una importante obra poética y narrativa, uno de esos premios merecidos que mejoran y sostienen al galardón. Peri Rossi es una vieja conocida de esta página del fondo. Entre los libros que le gustan a Gamés: Las tardes del dinosaurio, Los amores equivocados y Todo lo que no te pude decir. Hace 650 semanas, Gil le dedicó los subrayados de “Uno hasta el fondo” a Peri Rossi traídos de un breve libro, una rareza: Julio Cortázar y Cris (Estuario, Montevideo, 2014). Ellos se conocieron en el año de 1973, en la última década de la vida de Cortázar y vivieron una intensa relación plena de complicidades. Gil recoge de nuevo y republica algunos episodios de esa amistad.

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En su primer viaje a Barcelona, poco después de conocernos, [Julio] me pidió que lo llevara al Parque Güell. “Como vos sabés, yo nací por casualidad en Bruselas, porque mi padre era diplomático, pero al poco tiempo –yo tendría dos años– vinimos a Barcelona. Es imposible, dirás, que recuerde algo de la ciudad de entonces, pero fíjate que yo tengo un sueño repetitivo, el de la ciudad, una ciudad que nunca he encontrado, a pesar de mis viajes, y que busco, con la secreta esperanza de encontrarla algún día. En el sueño la ciudad tiene unos edificios muy raros, que terminan en cúpulas redondas, o en punta, y están pintados de colores muy vivos; mirando un libro que tengo en París sobre Gaudí se me ocurrió que es posible que mi madre me llevara al Parque Güell, entonces, y que yo quedara fascinado por sus formas, por sus colores, y algo de eso se haya introducido en el sueño; de todos modos, Cristina, sé que es una ciudad que tengo que construir con pedazos de otras ciudades, como un puzle, de manera que llévame al Parque Güell y a lo mejor es una de las piezas del rompecabezas”.

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Era una tarde otoñal cuando fuimos por primera vez al Parque Güell, y nos paseamos entre las columnas divergentes, los mosaicos multicolores y esas raras geometrías de Gaudí que tanto complacían a Julio. “Este era un cronopio”, sentenció, aunque yo creo que lo sabía desde mucho tiempo antes. Julio creyó reconocer algunas de las imágenes de su sueño repetitivo, el de la ciudad, pero estaba convencido de que jamás la encontraría por completo, y ese era un buen motivo para buscarla. […]

Años después, cuando la revolución nicaragüense había triunfado, Tomás Borge era ministro de Interior, ferozmente homófobo, y pretendía convertirse en escritor, Julio me propuso que fuéramos a Laie a comprar libros para enviarle, ya que la pobreza del país impedía tanto la edición como la importación. Julio iba a pagar el envío por avión de una enorme caja llena de libros. Tenía miedo de que Borge y algún otro iniciaran una campaña contra los homosexuales igual que había ocurrido en Cuba, con las nefastas consecuencias que tuvo para hombres y mujeres y para la propia revolución. “Es tan bruto y machista –me dijo de Borge– que en cualquier momento echa de Nicaragua a los homosexuales. Cree que son un peligro para la revolución; […] Mirá, Cristina, yo le prometí que le enviaría un cajón lleno de libros, ayúdame a elegir, pero poné muchos libros escritos por homosexuales, de modo que cuando yo vaya a Nicaragua y me diga que tal autor le gustó mucho, yo le voy a decir: “Sí, viste, era homosexual”. La propuesta me pareció divertidísima, de modo que con gran jolgorio empezamos a llenar un enorme cajón. […] Recuerdo que cogí un volumen con los poemas completos de Kavafis, y le pregunté: “Julio, ¿Kavafis también? Él, sonriente y entusiasmado como un niño me contestó: “Sí, Kavafis, y Walt Whitman, y García Lorca, y Oscar Wilde, y Shakespeare, y Manuel Puig, y Neruda”. “Va a pensar que el homosexual sos vos”, le dije, riéndome. “Maricón, querida, maricón: homosexual es un término demasiado fino para él. Maricón de mierda, por más datos. Ya estoy disfrutando con la cara que va a poner cuando le diga que todos estos eran maricones. Yo también, le diré, como en Fuenteovejuna”.

Todo es muy raro, caracho, como diría Shakespeare: “El destino es el que baraja las cartas, pero nosotros somos los que jugamos”.

Gil Gamés

gil.games@milenio.com



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