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Cantos de sirena petroleros | El Nuevo Siglo – Noticias Colombia

* Entre lo virtual y lo real

* Una campaña sin explicaciones

 

 

La propuesta de acabar de inmediato con las exportaciones de petróleo colombiano, hecha por Gustavo Petro, podrá ser una estrategia de campaña para llamar la atención, pero como resultado directo pone ipso facto al país contra las cuerdas.

Tampoco es de extrañarse, bajo la polarizante aceleración proselitista que se pretende. En efecto, como vivimos sujetos a la nueva mentalidad del tiempo real (especialmente entre los jóvenes) entonces, aprovechándose de ello, lo que esta propuesta busca es dar la sensación de que se va a actuar al mismo ritmo, con una super diligencia aparente, sin reparo de las consecuencias en el mundo real. Pero, desde luego, una cosa es la velocidad en las nubes informáticas y muy otra en la realidad. Todavía con más veras, por supuesto, en cuanto a la ineludible transición de las energías fósiles hacia las energías renovables no convencionales, en lo que todos estamos de acuerdo en la lucha impostergable contra el cambio climático.

En este caso lo que se plantea es que no haya transición, ni por más ínfima. Es decir, que de un plumazo se suspendan los contratos petroleros y así también se pierda de improviso la financiación estatal resultante de ellos, para sufragar las ingentes necesidades sociales del país, abandonando de paso a los más pobres. Se añade, como reserva, que esas rentas multibillonarias se pueden sustituir repentinamente dizque con una expansión mágica de la agricultura y el turismo. Lo que, en esas proporciones intempestivas, podría inclusive resultar más lesivo ecológicamente por sus efectos adversos sobre el agua y la recarga estrepitosa de los gases de efecto invernadero, sin preparación ambiental paulatina. En ese sentido, el remedio puede ser peor que la enfermedad.

 Para nadie es secreto, claro, que el nuevo petróleo es la agricultura y el turismo. Se trata de un axioma global que no se compadece con ninguna creatividad ideológica de último cuño. Puede hacerse, siempre que no haya presiones díscolas, causando una depredación ecosistémica aún peor al exigirse, verbi gracia, una rentabilidad colosal, además de modo automático para tapar el hueco petrolero del presupuesto nacional.

Por ejemplo, es imperativo desarrollar la altillanura: cuatro millones de hectáreas como reserva ambiental y otras seis con agricultura sostenible y ganadería silvopastoril. Y también el país está en mora de pasarse a la sostenibilidad turística, protegiendo la biodiversidad. Pero eso no se hace a punta de actitudes voluntaristas. Ni los resultados son inmediatos. Porque, ciertamente, una cosa es el voluntarismo para dar a entender con estridencia que se está a favor de una idea y otra la voluntad política que se requiere para llevarla a cabo, planeándola con precisión. Por lo pronto, lejísimos estamos de la potencia agrícola de Argentina o Brasil y menos vamos a lograr de repente el turismo español o mejicano. Si nos hemos gastado innumerables décadas en adecuar la tierra a las exiguas hectáreas sembradas de hoy se entenderá cuánto nos falta.     

A fin de cuentas, para el caso, lo que lo que se pretende políticamente es monopolizar la iniciativa ambiental y posar de futurismo. De esta forma quedarse de antemano con el “sí se puede” mientras que quienes están de acuerdo con la transición energética, pero bajo un cronograma y las políticas públicas debidas, se quedan arrinconados en una postura aparentemente negativa. Por lo cual es indispensable, para quienes creemos en un nuevo modelo económico ambiental, que los demás candidatos en liza, desprovistos de espejitos mágicos, logren una pedagogía práctica al respecto frente a la ciudadanía. En especial ante la juventud.

Es un hecho, por descontado, que el mundo requiere frenar ostensiblemente el aumento de la temperatura. Por ende, antes que castigar de inmediato las apretadas rentas nacionales, es sustancial que los mayores contaminadores globales asuman sus tareas. Desde ya Colombia debe, entonces, exigir las contrapartidas financieras prometidas en la COP 26 para la transición energética. Nuestro país es un leve emisor de gases de efecto invernadero, pero aun así ha venido cumpliendo contra el fenómeno. Incluso anticipando sus propias metas. Hay que hacerlo valer… Es más, si de populismo rayano se tratara, también podría amenazarse con romper relaciones con los que no nos trasladen estos recursos, una vez consiguieron su desarrollo a partir de la revolución industrial, a costa del cambio climático. Fácilmente podría proponerlo Petro…

En todo caso, la estrategia ambiental no puede feriarse a la bulla de los cocos, ni someter al país, por cuenta de pálpitos, a una pauperización inhumana. Mucho menos en la pospandemia. Es el momento, pues, de que los demás candidatos afinen con sentido político. No basta con salirle al paso a las extravagancias. Ante el yugo populista también es menester explicar, explicar y explicar las propuestas, porque en esto del ambiente mucho se da por descontado, cuando por el contrario mucho está por comprenderse.   

 

 

 

         

   

 

  



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