La visita, planeada para julio, se perfila como un encuentro entre chivos en una cristalería demasiado pequeña para semejantes cornamentas. El encuentro no augura nada bueno para México: se supone que la reunión enmarcará el arranque del nuevo tratado de libre comercio, pero la oficina de Trudeau ya dejó claro que el canadiense no tiene contemplado ir. En realidad, López Obrador le servirá a Trump apenas para un par de fotos de utilería; la sumisa presencia del mexicano es requerida para una campaña que hace agua por todos lados, y ante la negativa de otros mandatarios de postín a dejarse retratar al lado del impresentable, racista, misógino, ignorante y corrupto líder del mundo occidental.

Quizá López Obrador crea que, como en la película de James Stewart, va a deslumbrar Washington al amparo de la amorosa fuerza de su cartilla moral, pero en Estados Unidos —y en buena parte de México— el tabasqueño es visto como poco menos que el “punching bag” de Trump, como un doblegado que deja verter los peores insultos sobre sus ciudadanos y que convirtió a su país en el brutal cadenero de los gringos a costa de los migrantes.

Este es el primer viaje de AMLO al extranjero desde que asumió hace año y medio, y uno de los poquísimos que ha hecho fuera de México en su vida. Claramente, el Presidente provinciano no se encuentra a gusto fuera de su zona de confort de eslóganes discursivos de los años 70 salpicados de insultos y de chistoretes, como cuando dice “No quiero ser candil de la calle y oscuridad en la casa” para justificar su continua ausencia de importantes foros internacionales. Aun frente a una de las administraciones más ineptas y oscurantistas de la Unión Americana, va a verse abrumadoramente pequeño en la Casa Blanca, sin que su canciller o su embajadora puedan hacer mucho por él y sin Lord Molécula o los ejércitos de bots a cargo de Notimex para opacarle sus despropósitos. No hablemos ya de las cuentas pendientes que tiene con inversionistas, constructoras y compañías energéticas que, no lo duden, van a formar parte de la agenda a puerta cerrada.

Una y otra vez he dicho que López y Trump son como dos gotas de agua: ambos comparten el desprecio a la cultura y a la inteligencia, tienen claras tendencias autoritarias, alientan la división social como estrategia de gobierno, son francamente hostiles ante la prensa y la sociedad civil, gustan del peor nacionalismo demagógico y abrigan narcisismos colosales. En una de esas se llevan a partir de un piñón, pero no por eso Trump va a dejar de cacarear lo que menos quiere escuchar AMLO: que México se haya convertido en el muro, que los migrantes son la escoria del planeta, que somos buenos apenas para violar y mandarles drogas y que nos metieron doblado el renegociado TLC.

No sobra mencionar que Trump es uno de los presidentes más impopulares de la historia gringa, que va 14 puntos abajo de su contendiente demócrata, Joe Biden, y que el equipo de López no ha hecho intento alguno de acercársele al opositor o a otros contrapesos claves del país al norte.

¿Qué puede salir mal?

@robertayque



Cortesia Milenio

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