“Las mujeres siempre estamos en segundo plano. A los hombres siempre les dan mucha más entrada” / Foto Andrés Torres

Por LORENA GONZÁLEZ INNECO

YD.- Comencé a trabajar en el Taller Libre de Arte. Pero eso fue hace muchos años, yo vivía en Los Caobos y lo que hacíamos en ese lugar era solo dibujo. Vivía en la Calle Lima. En el Taller estuve unos dos años y luego ese taller desapareció. Allí trabajé con el profesor Celso Pérez que, creo, en aquella época era el director.

LGI.- ¿Y cómo pasas del dibujo a las profundidades espaciales y a esa investigación tridimensional que ha marcado tu carrera?

YD.- Eso no puedo explicarlo… fue por una intuición natural. Por una investigación propia. También todo comenzó a surgir cuando luego de esto me fui a la Escuela de Artes Plásticas aquí en Caracas. Yo trabajaba durante el día y me iba en la noche a la Cristóbal Rojas. En esa época lo único que trabajaba era el dibujo y la pintura. Pero cuando llegué a esta escuela empecé a ver una gran cantidad de artistas que trabajaban la escultura y así comenzó a gestarse todo. Ya tenía muchas cosas que había hecho en mi taller y que no las había sacado nunca, tenía todo oculto. Allí comenzó a aflorar esa producción. Luego me fui a París, y cuando llegué por aquellos lados ya trabajaba el tema escultórico.

Cuando Yuye habla de una intuición natural, se está refiriendo a una pulsión. Mientras conversamos fluye el recuerdo de aquel mediodía de fin de semana. Las multiplicaciones de ese escaleno en la sala expositiva, los volúmenes fugaces recorriendo áreas visibles e invisibles. Vacíos, llenos, desviaciones, encuentros, tabulaciones, plenitudes. Lo más sorprendente era el nuevo material usado por Yuye, cartón de deshecho y restos de papel periódico. El acabado perfecto otorgaba una sinuosidad intertextual y una extraña profundidad a cada declive de las formas…

LGI.- Cuando estuviste en París ¿cuáles eran los materiales más importantes para tu trabajo?

YL.- El aluminio, el hierro, el zinc…

LGI.- ¿El zinc?

LGI.- Sí… Hice muchas piezas en zinc. Yo no veía a nadie trabajar con ese material, entonces investigué mucho y con el joven que me colaboraba lo conseguí. Y así hice una buena producción con ese elemento. Estuve en París en muchas colectivas, pero nunca tuve ninguna individual. Siempre iba y venía a Caracas. Allá es todo muy complicado, y si eres mujer y latina, pues más difícil todavía.

Hoy, un año después de aquella muestra, estoy en este espacio que más que una casa es un taller-museo-hogar. La morada de Yuye está plagada de obras por todas partes, grandes formatos de tiempos diversos que construyen nuevas dinámicas. Hay piezas de cada una de las etapas de su trayectoria, momentos que pareciera haber ido almacenando para luego exhibirlos entre los ritmos de las mudanzas, los cambios de cartografías, los traslados del territorio. El hierro, la madera, el aluminio, el zinc y la orfebrería se metamorfosean en los recuerdos de la casa. Es la misma, pero también es otra, imposible de definir. Le comento que pareciera que hubiera ido adaptando su entorno habitable para el almacenaje y la exhibición de su propia producción. Se ríe muchísimo…

YL.- Sí, yo creo que así es. Es mi propio Museo. En Venezuela he vivido en varios lugares, he tenido una ruta amplia de recorridos. Siempre agrandando en la medida de lo posible para, como dices, hacer el museo personal. En esta casa tengo más de 30 años.

LGI.- ¿Nunca tuviste una individual en Venezuela?

YL.- Sí claro, expongo consecutivamente desde los años sesenta. En el Ateneo de Trujillo; tú sabes que yo soy de allá. Y en muchos otros espacios en Maracaibo y en Caracas, en Graphicart, en G7. Estuve en casi todas las ediciones del Michelena. Me gané el segundo premio. ¿Tú no te acuerdas?

En este momento Yuye comienza a observarme de otra manera. La verdad no sabía el dato exacto que me apuntaba. Pero en el año 1965 ganó el Premio Artes Aplicadas del Salón Arturo Michelena en la ciudad de Valencia. Y dos años después, recibiría otro galardón en el Salón Aragua en Maracay. No obstante, reparo que, a pesar de la constancia, de los intercambios con artistas, de los salones, talleres y de las individuales en espacios regionales y galerías, nunca ha tenido una individual en las salas de un museo venezolano.

YL.- Tal vez nunca he tenido esa muestra individual porque nunca la he pedido.

LG.- Pero eso no solo se pide, también debe estar en relación a los procesos de investigación que deben abrirse a otras lecturas, indagar…

YL.- Bueno, pienso que es lo que siempre pasa con las mujeres, y es que las mujeres siempre estamos en segundo plano. A los hombres siempre les dan mucha más entrada. Tienen muchas más posibilidades que las mujeres.

LG.- Sí, así es.

YL.- Pero hay que hacerse sentir, es una tarea que nunca acaba, y la estamos haciendo, yo creo.

LG.- En ese sentido, ¿cómo fue la relación con tus coetáneos, con tus amigos artistas?

YL.- En ese caso sí es verdad que no sentí nunca discriminación. Tuve unos excelentes amigos y compañeros. Asdrúbal Colmenares ha sido mi gran amigo de toda la vida. Nos conocimos en París, pero imagínate, ambos somos de Trujillo. Nunca nos habíamos visto antes. Cuando llegué a París lo encuentro y así es que desarrollo una hermosa amistad. Intercambiábamos talleres, trabajábamos juntos y cuando venía a Venezuela, él trabajaba conmigo aquí.

La casa-museo también tiene una muestra paralela de piezas de Colmenares, quien en la más reciente exhibición realizada por la galería Graphic Art y OKIO, en homenaje a Yuye, escribió sobre la artista como una escultora sui géneris, sensible, capaz de ver en cualquier objeto un estado a futuro, una proyección que decantaría en obra de arte. No obstante, como le habían pedido un texto de doce palabras, destacó entre los párrafos las denominaciones exactas sobre ella en altas, haciendo un juego visual de lo que para él, entre líneas, define a esta creadora: TODO-ÁNGULO-PRINCIPIO-FORMA-GEOMÉTRICA-DIMENSIÓN-DUCHAMP-YUYE-HONESTIDAD-MATERIAL-COTIDIANO-PERMANENCIA…

YD.- Cuando llego a Venezuela sigo trabajando con los mismos materiales, insertando nuevas experiencias. El cartón llega porque el hierro se puso muy costoso y cada vez era más difícil conseguirlo, entonces decidí trabajar con cartón. Toda la exposición que visitaste en G7 la hice en cartón. Aunque siempre es la misma línea en cada variación de material se modifica la dinámica de las estructuras. El material se impone siempre. La muestra se llamaba escaleno porque tenía que ver directamente con el triángulo. Hay toda una filosofía en esa estructuración, una proyección matemática.

Mi trabajo es diario, toda la planta debajo de la casa es mi taller. Miguel Ángel Becerra vino un día y vio el taller y me dijo que hiciéramos una exposición. Estuve trabajando un par de años con ese tema. Tengo mis ayudantes para todas esas cosas grandes y pesadas, igual que con el zinc y el hierro, trabajo con herreros que me ayudan a soldar… El cartón lo busqué en la calle, en los abastos. Eran cajas y cajas. Conseguí de muchos tamaños y también usé el papel periódico. Eso lo hice aleatorio, al azar, sin pensar que voy o no a poner esta palabra aquí, o esta imagen o esta noticia. Yo simplemente cortaba el papel y lo que quedaba completo pues quedaba y lo que no aparecía truncado. También hay repeticiones, marcas gráficas, pero casi todo es producto del azar. Todas las piezas del cartón las desarrollé sola, en el taller. En todas las casas que he vivido tengo un taller. Este es el taller más grande que he tenido.

Volví a recordar aquel domingo, me visualicé en medio de la muestra, abrumada por las proyecciones universales de aquellas cajas de deshecho donde se amalgamaban las angulaciones infinitas de marcas, avisos, tipografías, pérdidas del sentido, cosas que van y vienen, desapariciones y oscuridades de donde surgía una inédita memoria. Todo estaba y no estaba en el escaleno, los fragmentos nadaban en esa totalidad por venir. Entonces recordé el momento exacto cuando giré la mirada y me encontré con Yuye de frente. Sus grandes ojos me miraban. Me acerqué, intenté pedirle su teléfono porque quería sacar un texto sobre la muestra. Cuando iba a anotar su número me dijo, yo te conozco.  Luego me percaté de que había dejado el celular en el carro, confié en que el parquero que lo había recibido no haría nada indebido con él, pero no fue así. El resto fue el levantamiento del caos, la sensación del robo, la turbulencia de la fe, la vulnerabilidad. Todo se fragmentó y se diluyó. Y llegó la vida y la sobrevivencia y la ciudad salvaje siguió su curso, plagada por el detritus. Ahora estoy de nuevo aquí, frente a Yuye, quien me mira otra vez con sus ojos grandes y profundos.

YL.- Yo te recuerdo, yo te conocí. Estabas tú jovencita.

LG.- Ante la mirada certera le pregunto, trato –como si hubiera estado allí– de indagar en ese lugar donde ella asegura haberme conocido. Y en el cual, aunque yo no lo recuerde, me parecía haber estado.

LG.-¿Será en el museo?

YL.- ¿En cuál museo?

LG.-En el Alejandro Otero. Yo empecé a trabajar allí muy joven, como a los 20 años.

YL.- No, era cuando estabas más pequeña. Como de 15.

LG.- Tal vez fue en otro lado, no lo sé…

Bajamos al taller, mientras Yuye se queda arriba. Reviso las estructuras con la señora Estela, la gran asistente de muchos años que conoce a fondo todos sus recorridos, todas sus historias, todas sus piezas. Me conmueve la organizada sucesión de los materiales, los hornos de quema, las herramientas, las amoladoras, los tubos, las sierras. Las caóticas pero armónicas acumulaciones de pinturas, fragmentos y estructuras de todo tipo. Es un taller impactante, es el espacio de alguien que sabe ver mucho más allá de las simples apariencias de lo que le rodea. Sobre uno de los estantes encuentro un pequeño fragmento de una frase de Jorge Luis Borges escrito por ella misma: El olvido es la única venganza y el único perdón. 

Cuando subo Yuye vuelve a preguntarme por aquella ocasión en que me conoció, cuando estaba yo muy pero muy jovencita. Me convida a salir a la terraza de su casa; es una hermosa vista desde donde puede contemplarse toda la ciudad de Caracas. Al entrar me mira de nuevo. 

YD.-Esta terraza y esta casa están aquí para ti. A tu orden. Todas las tardes o mañanas que quieras te puedes venir. Te sientas aquí, a escribir, sin que nada más allá de la escritura finalmente te preocupe.

Efectivamente me conoce y ese día vio más allá de mí, aunque –como en el poema Luz repentina de Dante Gabriel Rossetti– no pueda yo con certeza decir cuándo ni cómo fue. Yuye De Lima nació en Trujillo, Venezuela, en el año 1935. Se ha dedicado al arte durante más de cinco décadas. Antes de irme, me recuerda que, entre otras cosas, hablamos también sobre una necesaria exposición retrospectiva de toda su obra y un libro. Me dice que recuerde que como ella yo también soy inventora. La miro y sonrío.

YD.- Pero no te preocupes, eso lo podemos hacer poco a poco, sin apuros. Siempre tendremos tiempo.