Machado, corazón colectivo

Por EDUARDO AGUIRRE ROMERO

En septiembre de 1956, un joven madrileño llegaba desde Londres al aeropuerto de Caracas.  No era un turista, sino un migrante prófugo y sin apenas dinero. Sus meses venezolanos serían de gran importancia en la sucesión de causas y efectos en la que iba a entrar su vida. En 1963, ya residiendo en Estados Unidos, vería publicado en Venezuela uno de sus primeros trabajos: Notas sobre el mundo novelesco de Ana María Matute, en el nº 160 de la Revista Nacional de Cultura, por el que se le pagaron 50 dólares. En 1954, había abandonado España, para no hacer bajo el franquismo el servicio militar. Formaba parte del segundo exilio, el de quienes habían vivido de niños la guerra civil. Cuando cruzó la frontera de su país llevaba en la maleta El rayo que no cesa, de Miguel Hernández, el poeta pastor de cabras y combatiente republicano, muerto en presión. En el corazón, versos de Machado.

Víctor Fuentes (Madrid, 1933) era aquel joven rebelde, y hoy sigue siendo ambas cosas. El prestigioso crítico y profesor emérito de la Universidad de California, Santa Barbara, miembro de la Academia Norteamericana de la Lengua Española y correspondiente de la Real Academia Española, ha publicado Antonio Machado en el siglo XXI. Nueva trilla de la poesía, pensamiento y persona (Visor), con este revelador subtítulo: Nueva trilla de poesía, pensamiento y persona. Trillemos, pues, también nosotros en sus páginas.

Antes, un obligado inciso: somos viejos amigos. Precisamente, nos conocimos a través de un artículo suyo sobre don Antonio, a mediados de los noventa. Este lazo no lastra mi análisis, sino que lo avala, pues la amistad aporta autoritas acerca del otro. Por ello, con pleno conocimiento, proclamo que tiene mucho de alumno aventajado de Juan de Mairena, con gotas de sangre de Hucleberry, como escribí sobre él en otra ocasión.

Autor de espléndidas ediciones críticas de La Regenta y de Misericordia (Akal, 1999 y 2003), se debía y nos debía este estudio. “Sin embargo, por décadas, fui aplazando un deseo de algún día llegar a internarme en un conocimiento, lo más completo posible, de su obra y descubrir, a través de ellas, nuevas potencialidades en nosotros mismos”, afirma en el prefacio.  Ese “en nosotros mismos” nos da pistas para entender la intención íntima de su estudio, en el que la existencia de Machado no nos es expuesta sobre la camilla de un forense, ni sus poemas y prosas desmontados como piezas de un reloj suizo. Es un profesor al que la jubilación no le llevó a apartar su amor por la literatura sino a seguir ahondando en ella, como siempre lo ha hecho, pero ahora además con los galones invisibles de quien puede mirar hacia atrás sin irá. Sus páginas rebosan machadiana otredad, y es que no todos los que están ya de vuelta regresan de los mismos lugares.

Fuentes no ha sido un intelectual de butaca; los valores que le llevaron a exiliarse de España son los mismos que después, ya de profesor en Estados Unidos, le llevarían a participar en los movimientos contra la guerra del Vietnam, el racismo, las políticas penitenciarias injustas o la explotación del campesinado hispano, entre otras causas… siempre en empatía con el pueblo, no con la masa, sentir machadiano donde los haya. A su vez, dicha “trilla” del subtítulo está realizada por quien también la ha hecho sobre sí mismo en tres libros autobiográficos.  En efecto, pueblo, no masa. Mientras leía este ensayo me vino muchas veces a la memoria su César Chávez y La Unión (Floricanto Press, 2015), sobre el líder sindical de los campesinos mexicanos en Estados Unidos, a quien trató. Recordemos que Fuentes escribió La marcha al pueblo en las letras españolas. 1917-1936 (La Torre, 1980), sobre la literatura revolucionaria, en cuyo índice el poeta andaluz aparece en una veintena de entradas. El libro que ahora reseño es no solo un paso coherente sino urgente, ante las nuevas amenazas a las que se enfrenta el mundo. Nuevas amenazas, pero viejos problemas. Sigue siendo imposible nadar y guardar la ropa. Ya el autor de La Tierra de Alvar González, a través de Mairena, había expresado a los jóvenes de su tiempo tanto el recelo hacia el apoliticismo, como el rechazo hacia la mala praxis política. Todo menos el silencio, ese cómplice que permite al mal avanzar.

Desde las primeras páginas de su Antonio Machado en el siglo XXI, reconoce que pese a la mucha bibliografía y a la excelencia de algunos trabajos prolifera el estancamiento crítico, además de la repetición de errores arrastrados: unificar en un poemario sus dos Soledades, no trabajar con ediciones originales, anclarlo en el castellanismo, negar o rebajar su condición de innovador…  Por desgracia, me permito añadir, para muchos jóvenes ¡Oh, la saeta, el cantar/ al Cristo de los Gitanos… es solo la letra de una canción que oyen sus padres en el coche.  Ciertas relegaciones empiezan en los programas de estudios, pero las paga la sociedad entera. La estamos pagando.

Vivirá el gran poeta y prosista en el centro de muchos de los debates de su tiempo, bien por identificación o por rechazo, manteniendo siempre su condición de pájaro solitario, cuyas virtudes ensalzo San Juan de la Cruz, pero palpitando en él un corazón compartido. “Mi sentimiento no es, en suma, exclusivamente mío sino más bien nuestro”, escribió. Otredad.  A través de su más célebre heterónimo expresará sus recelos no tanto contra el barroco y Góngora, sino contra el neobarroco y el gongorismo, o sea contra la poesía de la Generación del 27, cuyos poetas si bien podían respetarle como persona consideraban que su estilo estaba obsoleto. Esta incomprensión, añado, dio pie al error de considerar “fácil” la poesía machadiana. ¿Lo es El Gran Cero?  ¿Resulta fácil el diálogo entre el autor y sus heterónimos? ¿Dónde está la facilidad de Abel Martín?  Y la de Campos de Castilla la tiene únicamente en apariencia.

Fuentes nos muestra a un Machado poliédrico, conocedor de las corrientes literarias, filosóficas y psicológicas en boga, pero no por ello permeable a lo nuevo solo por serlo. Estaba inmerso en una búsqueda de su propia síntesis entre intelectualidad y sabiduría popular, consciente de que esta no es imitable como tal. En las páginas de este luminoso ensayo aprendemos que la búsqueda -y el hallazgo- llevado a cabos por don Antonio era también vanguardia. Otra, la suya. No estaba repitiendo fórmulas gastadas, ni siquiera las propias. Anhelaba la “frescura” de la lengua hablada, que no es exactamente lo coloquial o el realismo, sino la verdad sin ornamentos. ¡Cuánta gran poesía perdimos con aquella muerte acelerada por la tristeza!

Durante la contienda, todos los yoes y los túes machadianos – heterónimos, homónimos y alter egos- se fusionaron, por fin, en dicho corazón colectivo, de pálpito universal. Y es que, en efecto, Machado es mucho más que su bibliografía. “En España, lo mejor es el pueblo”, escribió. Pueblo vivo, no charanga y pandereta.

Unamuno y Ortega lo llamaban Machado el bueno, como en su aldea se lo llamaron a Alonso Quijano. Quien tanto rechazaría toda su vida el entreguismo de parte del clero español a las fuerzas reaccionarias, impregnaría su obra de un cristianismo evangélico, como señala Fuentes, quien percibe que ciertos aspectos anticipan los planteamientos reformistas de los años 60 del pasado siglo. “Sobre Cristo erige la ética del amor fraternal, el gran tema vital de su obra”, escribe en el capítulo  IV. Este tema el de la bondad como anhelo posible/imposible ha formado parte de nuestros correos durante años.

Cabe destacar la calidad de las notas a pie de página, en las que el autor a veces se persona, tal complementario. En definitiva, este Antonio Machado en el siglo XXI , estructurado en dos partes y en XIV capítulos, a lo largo de sus 426 páginas, en la prestigiosa colección Biblioteca Filológica Hispánica, logra con creces su objetivo de ofrecernos unas bases sólidas para acercarnos hoy a Machado.

Y sí, nos debía esta obra. La Marcha al pueblo concluía con el retrato de Mairena, realizado por José Machado, pero también con la máxima castellana en la que don Antonio percibió reflejada su concepción del mundo: “Nadie es más que nadie”. Este andaluz universal abandonó España en 1939 hacia el exilio y la muerte, acompañado de su anciana madre. Y Fuentes rinde al final de su último libro, escrito con luz y verdad, un recuerdo a su propia madre, a cuya mano se recuerda agarrado en aquellos días de 1939, como refugiados en Francia, “tras haber salido huyendo”. En efecto, no todos quienes están de vuelta regresan de los mismos lugares.

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