¿Habrá democracia en Hong-Kong?

La brutalidad policial no cesa en las calles de Hong-Kong. La escalada no se detiene a pesar de los llamados de la comunidad internacional a deponer las actitudes violentas y pensar en una salida a la crisis a través de la concertación y concesiones mutuas.

La pérdida del alto grado de autonomía alcanzada por los ciudadanos hongkoneses antes del advenimiento y la aceptación del principio de “Un país, dos sistemas” ha sido puesta a prueba en más de una ocasión pero lo que acontece en este momento hace pensar que se está llegando al punto en el que un pañito caliente, ya no es suficiente. Pero es preciso preguntarse si existe la posibilidad de recrear una situación donde reine una mayor democracia.

El compromiso de Pekín fue firme en 1997 cuando se comprometió a conceder libertades y un buen nivel de autodeterminación al territorio que hasta el momento se administraba de manera independiente. Los derechos concedidos eran muy superiores a lo que podían aspirar los propios ciudadanos en China. Solo que tal promesa no fue respetada.

La realidad que los lugareños enfrentan hoy es el que gobierno local ha tomado una posición firme en lo atinente a servir los intereses de la capital china. Y esa posición será inamovible porque el Partido Comunista quisiera jugar el juego del cansancio. Ello puede funcionarles por una sola razón: la falta de un liderazgo en el lado de los revoltosos. Las manifestaciones van a continuar por que la causa es poderosa y porque sienten que el mundo libre los apoya. Posiblemente, el fuego se vea atizado a ratos por una represión cada vez más severa lo que ayuda a enardecer los ánimos libertarios.

Mientras tanto, Carrie Lam seguirá proponiendo, sin éxito alguno, armar un diálogo con la sociedad. Eso es lo que sugiere sin cesar  la jefe del Ejecutivo local a sabiendas de tal cosa no ocurrirá porque no existe un legítimo ánimo negociador, toda vez que Xi está convencido que una mínima concesión en favor de la democratización de Hong Kong le desordenará el juego en otros territorios donde también enfrenta disidencias más o menos turbulentas.

Por otro lado, la sociedad con la que aseguran querer negociar tampoco es monolítica. Cada vez se atornilla más un proceso divisionario entre quienes sueñan con el retorno del género de vida que se llevaba antes de 1997, mientras que los fieles seguidores de la autoridad de Pekín cada día son más recalcitrantes y también más numerosos, no por crecimiento vegetativo sino por un éxodo inducido por el gobierno autocrático de la capital.

Mientras tanto en China, los medios de comunicación no hablan ni de reclamos por más democracia y respeto de derechos jurídicos de los manifestantes. Allí todo el esfuerzo está puesto en calificar a la disidencia de “movimiento independentista”.  Cinco meses han transcurrido desde el inicio de los enfrentamientos y la beligerancia de los rebeldes es mantenida por la pasión propia de los jóvenes y de los estudiantes.

No pasará mucho antes de que se desaten migraciones lentas pero consistentes hacia países occidentales o hacia otros países asiáticos por parte de aquellos ciudadanos que saben que la grama crece más verde por fuera de esa convulsa dinámica de Hong-Kong o por fuera de la geografía de China.

Todo parece apuntar a que los jerarcas comunistas se inclinan, más bien, a una muerte dirigida, lenta e inercial pero segura, del esquema de “una Nación, dos sistemas”. Con lo que no cuenta el liderazgo comunista es que tal avasallamiento de la dignidad y de la libertad hacia quienes conocieron una realidad diferente no hace tanto tiempo, también provoca fiereza y que es capaz de hacer nacer una enfocada dirigencia dentro de toda una nueva generación de actores.

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