“Para hacer este tipo de declaraciones deberías tener las llaves del camión. No es el caso porque eres un pasajero”. El padre de Antoine
Griezmann escribió a mediodía de ayer este mensaje en Instagram. El texto acompañaba unas declaraciones de Quique
Setién en las que el entrenador reflexionaba sobre la suplencia de su hijo y decía que le había sabido mal quitarlo en el 90 ante el Atlético, pero que no iba a pedirle excusas. Por lo tanto el progenitor del francés ponía en cuestión la autoridad del técnico. A su vez el hermano del futbolista escribía que “le habían entrado ganas de llorar” al ver que solo iba a jugar dos minutos. Los dos familiares borraron sus mensajes poco después.



Se trata del caso Griezmann o el dislate final. De cómo un fichaje que tenía que ser estratégico por su montante, 120 millones de euros, se ha convertido en residual, en un suplente habitual cuando la Liga está en juego.

Si antes del confinamiento el encaje del francés estaba siendo muy complicado por su falta de adaptación a jugar por las bandas y por la carencia de la química necesaria con sus compañeros de vanguardia, con la reanudación exprés del campeonato el asunto ha ido a mucho peor. Griezmann ha sido suplente en tres de los últimos cuatro partidos, solo ha jugado entero uno de los seis encuentros y no ha metido ningún gol. De hecho no ha marcado en los últimos nueve compromisos ligueros.

¿Para qué quieres un Ferrari si no sabes por qué carretera llevarlo? ¿Para qué comprarlo si sus compañeros de escudería no le van a poner las cosas precisamente fáciles? Preguntas que se tenía que haber hecho el Barça antes de fichar a Griezmann. Si se las hizo está claro que las respuestas que encontró no se están llevando a la práctica.


El enfado

El padre y el hermano del futbolista critican al entrenador por ponerle solo al final ante el Atlético

Por los costados es un jugador desaprovechado, en la mediapunta, su lugar natural, ya está Messi, y para jugar de nueve se encuentra con la omnipresencia, si no está lesionado, de Luis Suárez.



“A Suárez siempre hay que tratar de tenerlo en el campo, Leo igual y no era fácil encontrarle un sitio (a Griezmann) sin desestabilizar el equipo”, afirmó Setién el martes. Una frase de calado por lo que tiene de concesión con las vacas sagradas del equipo y porque reconoce que no sabe cómo convertir en útil y, sobre todo, en importante, el papel de Griezmann.

El francés, como ejemplo cristalino de la política deportiva errática del club. Un Barça que se avino a fichar al exrojiblanco un año después de que le dejara en evidencia al decidir quedarse en el Metropolitano, documental mediante. Aquella puesta en escena para decir que no venía al Camp Nou provocó que su nombre fuera marcado con una cruz en el vestuario del Barça; una cruz que todavía no se ha quitado de encima.

No se puede decir que el delantero no lo intentara, especialmente al principio. Pero el confeti que mostró el primer día que marcó hace tiempo que está guardado en un cajón. La calidad no se le discute, pero sí que pertenece a otro ecosistema futbolístico. Aunque eso no es su responsabilidad, sino de quienes han invertido más de 400 millones desde que Neymar hiciera las maletas. Después hay que cuadrar los números como sea cada 30 de junio, aunque esta vez el coronavirus haya pesado lo suyo en la cuenta de resultados.




PROBLEMA AÑADIDO

Las concesiones del técnico con Suárez dificultan todavía más el encaje de Griezmann en el once

Ni Dembélé por las lesiones y su falta de mentalidad. Ni el triste Coutinho. Ni ahora Griezmann. El mejor posicionado para ocupar el flanco izquierdo en el futuro del Barça parece ser el joven Ansu Fati. Por características y capacidad de progresión tiene la oportunidad de consolidarse siempre que el Barça no siga fichando cromos sin ton ni son que luego ha de colocar en su álbum sin cola y con calzador.

Mientras, cuando acabe la temporada, habrá que ver qué ocurre con Griezmann. Si no se le da una segunda oportunidad no será fácil colocarlo en el mercado. Como tampoco a Coutinho. El Barça no sale de una y ya se mete en otra.



Cortesia de La Vanguardia

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