Extravíos educativos

Aristóbulo Istúriz Almeida no es marxista, es socialista de oído. Repite lo que escucha de otros repetidores. De aplicado estudiante del Instituto Pedagógico de Caracas derivó, con el título de profesor de secundaria de Historia y Geografía, en un perreroso dirigente del Colegio de Profesores y del gremio docente en general que dividió el magisterio venezolano. Enseñar, lo que se llama enseñar, analizar, debatir, por ejemplo, las inconveniencias de la Campaña Admirable y de haber entregado prematuramente el título de Libertador a Simón Bolívar –faltaba tanto tiempo y lucha para decidirse definitivamente la Independencia– nunca lo hizo.

Lo más que enseñaba en clase y en las asambleas reivindicativas de maestros y profesores era su dentadura, su zalamería, sus tan celebradas salidas propias de los muchachos barloventeños, de mente ágil y despierta que nunca pierden una, y que siempre tienen a mano una respuesta chispeante que desarma. La última y definitiva fue cuando aseveró con franca molestia, que Hugo Chávez –el comandante supremo intergaláctico e infalible– “se había fumado una lumpia” (que estaba high, trono, que se había metido un tabaco de marihuana de la mala) cuando rechazó los candidatos para gobernadores que le propuso el PPT.

A partir de entonces se mantuvo o lo mantuvieron en silencio hasta que lo desalojaron del Ministerio de Educación y tuvo que cargar la cajita de cartón con los pocos macundales que lo dejaron recoger. Nadie lo ayudó y casi tuvo que regresar a su casa en una camionetica de las que se paran en la esquina de Salas. Lo sustituyó el hermanísimo Adán Chávez, también profesor de secundaria, pero de Física y Matemáticas. Ni uno ni otro arregló nada ni resolvió algunos de los tantos problemas de la educación venezolana, pero ambos se enredaron en unas comisiones milmillonarias con los seguros del personal docente y administrativo que todavía no se han investigado.

Su ostracismo duró hasta que lo sacaron del emporio que como gobernador sancochero se había construido en Anzoátegui para que, como vicepresidente ejecutivo de la República, actuara con su natural picardía como “operador político”, un eufemismo instituido por José Vicente Rangel en sustitución del término “negociador”, tan cercano a esa palabra que le produce un escalofrío en la cuenta bancaria: “negociado”, “grandes negociados”.

No dio la talla, había perdido cualidades o sus intereses eran otros, y en menos de lo que espabila un cura loco apareció al frente del Ministerio de las Comunas y los Movimientos Sociales, que es como entrar a la nada. En un salto llegó a la vicepresidencia de la asamblea constituyente írrita, pero pronto fue colocado en el Ministerio de Educación. Esta vez un ayudante le cargó de vuelta la cajita con los efectos personales.

Aristóbulo se construyó una imagen de honrado, simpático, abierto, de negrito guachamarón y con sensibilidad social que fue rayando y exprimiendo hasta que solo quedó ese esperpento que apenas levanta la vista en sus retrecherías de guapetón barriobajero que ya no necesita hacerse el simpático ni oculta sus complejos y resentimientos. Contrario a su antecesor Elías Jaua, también de Barlovento, la manipulación informativa y el culto a la apariencia dejó de ser parte de su ejecutoria, nada de Internet ni de páginas web, los comunicados oficiales los sigue mandando por correo ordinario, en papel bond 20, tamaño carta. Igualito a la foto de uno que circuló por las redes y resultó falso, un fake, y que anunciaba el fin de las reglas ortográficas y demás restricciones a la libertad de comunicarse. Pocos sospecharon de su veracidad, aunque había otras razones para desconfiar además de la falta del saludo revolucionario y los otros cognomentos que acompañan la prosopopeya epistolaria del régimen.

La falta de lecturas y de humor en el ámbito nacional es mayor de lo que se supone. Al voleo resulta obvio que las incoherencias conceptuales, lugares comunes, mal uso de la puntuación, faltas gramaticales y destrozos lexicales son deliberadas, no que Istúriz tiene como escribiente a una versión moderna de Francisco Delpino y Lamas, el Chirulí del Guaire. Solo en los gloriosos tiempos de la Renovación Académica de la UCV, cuando aparecieron en la vieja Escuela de Periodismo Cucurulo, Deslinde, El Mosca y El Bola, entre otros pasquines, hubo un despliegue similar de burla con inteligencia. El texto de marras, el fake, está tan mal escrito, tiene tantos errores y en tan alucinante que pocos dudaron de su autenticidad. No se puede esperar otra cosa cuando el menos vergonzoso de los entuertos que aparecen en la Gaceta Oficial y demás órganos oficiosos en los últimos veinte años es el solecismo “motivado a”. Vendo libro Mantilla con el celofán enterito.

@ramonhernandezg

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