El escenario del teatro nacional presenta mayúsculo número de actores de dramas y comedias, asombrando al espectador a tal grado que ese impacto golpea su ánimo, desequilibrándolo irracionalmente, conduciéndolo, incluso, a una modalidad conductual antihumana y suicida.

Los trastornos emocionales se contaminan exageradamente. Es tan notable infección colectiva que, incluso, los vacunadores, hipotéticamente, padecen los efectos de esa aberrante inhabilidad mental. El Dux Iván, por ejemplo, en su cotidiana alocución televisada, se descalabró arreciadamente regañando a los que predicaron “la idea que las personas que estaban en compras iban a perder los beneficios”

El miedo y la ira son emociones traumáticas germinadas en las trasmitidas comunicaciones impactantes en el medio ambiente en que se habita. La explotación del fenómeno pandémico se trasmite atemorizando. Lo razonable es exhibir, en términos agradables y optimistas, fórmulas necesarias convenientemente para provocar impactos que alegren el espíritu mental y derrumben la incertidumbre y la psicopatita preocupación malvada. Hay que estimular positivamente la tranquilidad, factor del orden público que el Presidente debe asegurar ejerciendo las facultades del Estado de Emergencia estipulada en el artículo 215 de la constitución. Estoicismo o epicureismo.

La emoción culposa del Dux Iván lo induce a los errores cometidos, asustando e intranquilizando en ejercicio del poder extraordinario, mal divulgado; no obstante, posiblemente, la sana intención de defender la economía protegiendo la salud del pueblo consumidor. Mal ejemplo que ha cundido a los gobernadores y alcaldes. Esta frustración colectiva incita la tristeza y lo recomendable es estimular la alegría de todos y para todos, los que compran y los que venden; quienes viajan o se encierran.

La emoción mental vence la razón y he ahí la fórmula que hay que inventar para idear la pedagogía que alivie la epidemia delirante que se padece. No atemorizar, amenazar, irritar, humillar, despojar, restringir, castigar, en fin: no utilizar la fuerza y si el afecto. La solidaridad, el amor, la confraternidad, el generoso auxilio no humillante, mejor dicho, amar al prójimo como a sí mismo es una salida afectiva que impacta para aportar emociones sanas, necesarias para apaciguar la tragedia.

Teorías inteligibles. Basta simplemente descubrir: ¿Por qué hay seres tristes y otros, muy pocos, alegres? ¿Por qué hay mínimos saturados de júbilo y satisfacción y muchos, muchos otros, anulados por la pobreza, la miseria y la ansiedad? Estas cuestiones se responden simplemente: son la secuela de una política inhumana.

Los resultados de estas vivencias conducen a suponer que la solución no se encuentra en la solidaridad sino en las actitudes y gestiones egoístas y megalómanas que no se incomodan atacando a los ingenuos e ignorantes que creen en todo lo que les dicen para manipularlos para prodigar el interés de los dominantes que se aprovechan de la debilidad de las gentes que ceden ante las amenazas. Luz Clarita, mi mascota, huye ante la amenaza o se lanza, corriendo el riesgo, a enfrentar al gato con botas. Es el resultado de su emoción. ¡No se asuste más al pueblo, entusiásmesele positivamente!



Cortesia El Nuevo Siglo

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