Por: Carlos Páucar

El padre Gabriel toca su oboe y las hermosas melodías sorprenden a los nativos que poco a poco lo rodean. Pero no le agradan a uno, el mayor de todos, que le quita el instrumento y lo parte en dos. Los jóvenes lo recuperan y lo arreglan para que el foráneo siga con esa melodía que parece ser parte de la selva.

En esta escena de La misión, la música de Ennio Morricone (pueden apreciar la maravillosísima presentación del 2011: búsquela como ‘El oboe de Gabriel’, en YouTube) es una de las más de 500 bandas sonoras que hizo en su prolífica relación con el cine.

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Maestro, genio, único, irrepetible, todos los adjetivos ayer se multiplicaron en las redes sociales del mundo, luego de su deceso en Italia, a los 91 años.

Pocos, sin embargo, destacaron su enorme humildad.

Pese a que fue autor de melodías que millones de personas, cinéfilas o no, conocen o tararean, no quiso los inciensos de la fama y pidió un funeral en privado. Dejó una carta de despedida que conmueve por su sencillez y por repetir una frase que fue a la vez su filosofía: no quiero molestar.

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“Yo, Ennio Morricone, he muerto. Lo anuncio así a todos los amigos que siempre me fueron cercanos y también a esos un poco lejanos que despido con gran afecto”. Luego menciona a Peppuccio (el cineasta Giuseppe Tornatore), amigos, hermanas, hijos (“espero que entiendan cuánto los he amado”) y por último a su adorada María (“a ella, es mi más doloroso adiós”). Y proclama: “Hay solo una razón que me empuja a despedirme de este modo y a tener un funeral privado: no quiero molestar”.

Il Maestro, como le decían en Italia, había sido niño prodigio, de izquierda, versátil. Y galardonado hace poco junto con John Williams, con el premio Princesa de Asturias de las Artes. En ese y otros momentos, Morricone se sintió amado. Como cuando le recordaban su genio creador en El bueno, el malo y el feo, Por un puñado de dólares, 1900, La batalla de Argel, Cinema Paradiso… Un genio que nunca quiso molestar.

Cortesia de La Republica

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