MARÍA ELENA HUIZI / TWITTER: TEAM POETERO

María Elena Huizi fue poeta y servidora pública. Fue, ante todo, y siempre, amiga de sus amigos como quizá no llegamos a ser sus amigos, amigos de ella. Quiero decir que su devoción a la palabra se conjugaba con su devoción al afecto de sus afectos en un grado superior al por mí antes conocido.

María Elena Huizi pertenece a la aristocracia del alma y a la nobleza de la democracia.

Yo llegué a Venezuela en 1994, tras muchos años de espejismo parisino. Llegué como quien se libera al fin de una droga, de una adicción al frío. Un día supe que no podría darle cuerpo a mis intereses en el cuerpo de mi escritura si no me instalaba, precisamente, yo que soy mi cuerpo, unidad indisoluble que siente y puede decirse, en el mismo lugar de esos objetos que me fascinaban y quería estudiar, como si fuesen amantes, como si fuesen amigos.

Esos objetos eran, entre otros, Reverón y la silueta del Ávila, Bárbaro Rivas y los farallones de Naiguatá, Gego y la sombra de Humboldt, Pedro Ángel González y el faro panóptico que el arquitecto Sanabria dejó en la montaña, Juan Sánchez Peláez y el sonido de las quebradas que bajan de la silla de Caracas, José Balza y la súbita, tersa percusión de ciertos cuerpos, y así una larga estela de inteligencia y de afectos climáticos entre los cuales, un buen día, me encontré con la figura amorosa de María Elena Huizi.

Escritora en busca de una voz irreconocible, como ella se atrevió a decirlo, amiga de aves, aventurera en Macuro, María Elena era la inteligencia, el humor, la intuición y el afecto encarnados en totalidad humana. Nada se le escapaba de la condición humana. Pero era, creo, también, incluso en su sabroso sarcasmo, la encarnación de la tolerancia.

Poetas ambos, fue en la poesía sin embargo donde menos nos reconocimos, al menos explícitamente. Tarea pendiente por mi parte, hacia la autora de un libro definitivo, de una poesía superior, Visitante de Agosto, que me dejó como uno de sus últimos presentes, junto a una bella imagen de Carlos Herrera, en la que, sin ella saberlo, se condensan todos los amores que me han constituido: la vejez de mi juventud y la luz de mi padre. María Elena fue mi amiga -sin que necesitáramos de la frecuentación cotidiana- y sobre todo fue cómplice propicia en la comprensión intelectual de Venezuela.

Con María Elena, gracias a ella, yo volví a la patria. Gracias a ella, en un gesto de apertura genial de la parte de un funcionario público, pude trabajar con mis alumnos del Instituto Reverón, cada viernes, en la Casa de los Ingleses, frontera cegadora entre la sombra de la montaña y el mediodía incesante del Caribe, en plena libertad, bajo la mirada extrañada de (aquella otra) Guardia Nacional. De su mano pude dictar la primera conferencia sobre Reverón en mi vida, tras aquellos años de estudio en la lejanía, ahora en las ruinas acogedoras del Hotel Miramar.

Porque María Elena Huizi había recibido, por aquellos años 90, la Presidencia del Museo Armando Reverón y pudo trazar para él un arco magnífico, potencial, de ambición institucional: no solo organizó la memorable exposición que llevó la obra de Reverón al Caribe, destino primero que nuestro eurocentrismo institucional siempre dejó para las postrimerías, también nos hizo co-autores con ella en varias muestras memorables: Rostros de Reverón, El mundo vegetal del castillete y aquella bella monográfica sobre Anciano, tres mujeres y niño (1948) obra suprema y ticianesca de nuestro primer pintor moderno que, entre otras obras magníficas, María Elena supo adquirir para aquel museo que hoy yace bajo los tristes pantanos del deslave. También imaginó un museo expandido, más allá del Castillete, en dos estructuras cuya donación formal logró materializar tras años de perseverante empeño: la decimonónica Casa de los Ingleses, último reducto de arquitectura colonial accidentalmente encerrado en las instalaciones del Puerto de La Guaira y el Hotel Miramar. Juntos hicimos aquella exposición que la memoria de Reverón tenía medio siglo exigiendo: El lugar de los objetos. Pocas instituciones públicas en nuestro país habrán gozado de una dirección tan digna, tan iluminada.

Sus trabajos como investigadora la habían llevado a Gego. Y si en Venezuela hay dos artistas -y sOlo dos- que cuentan hoy con el instrumental hemero-bibliográfico suficiente para la investigación futura, es decir Reverón y Gego, se lo debemos a los empeños y a la inteligencia alerta de María Elena Huizi. Su última devoción intelectual la consagró al maestro Carlos Herrera, y su empeño hizo que hoy sus obras estén en la colección del MoMA.

En Septiembre se ha ido nuestra visitante de Agosto. Nos tocará visitarla a nosotros, incesantemente. Que descanse en paz en la certeza de que veremos por ella, con el retornar de la justicia, ‘la caída de los criminales’ y seremos así ‘testigo presencial de los derechos’, cuando otra vez el plumaje de los loros, que ella tanto quiso, sea luz para la libertad de un canto nuevo.