En el dogout de la Preselección Sub 23 de Beisbol está Luis Castellón. Sobresale del resto por su estatura. Aparenta ser demasiado serio y excesivamente callado. En esta ocasión las apariencias no engañan. A sus 22 años Castellón no se describe como alguien serio, sino enfocado en su trabajo, lo de callado sí es una realidad. Habla poco y no bromea tanto. Se convirtió en el arma secreta de León en el relevo en la final de la Liga Profesional. Tan solo era su primer año en ese escenario y el destino le sonrió. 8.2 entradas con ocho ponches sin permitir una sola carrera.

A simple vista parece tener una armadura de hierro, su físico está muy bien trabajado y es muy obediente para realizar el trabajo que se le asigna. No obstante, su historia no ha sido para nada color rosa. Decidió salir de su comunidad El Jiqueliste, municipio de Pantasma. Confiesa que ni siquiera conocía muy bien Jinotega cuando se encaminó hacia la capital y no era un buen jugador. “Una vez llegaron del equipo de las Brumas de Jinotega a buscar talento y me colocaron de primera base. Se me fueron todas las pelotas, luego me probaron como lanzador y me dijeron que me darían una oportunidad”, recuerda.

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Sin embargo, Castellón también recibió una oferta de Marvin Throneberry, un cazatalentos y otrora scout de los Bravos de Atlanta. “Me dio la oportunidad. Tenía 16 años. Viví dos años en Managua, entrenaba en Don Bosco. Comencé a trabajar duro. Me sacrificaba mucho y también hacía mucho gimnasio. Irme hacia Managua fue la decisión de mi vida. Mi papá no estaba de acuerdo ni mi familia, pero yo quería ser alguien en el beisbol y me fui sin permiso”, comenta Castellón.

EL MOMENTO MÁS DURO

Pero el Apocalipsis en su carrera llegó con 17 años. En un entrenamiento en el gimnasio cargó demasiado peso y se lesionó la columna. “Fueron cuatro meses de suplicio. Pensé que mi carrera estaba destruida. El doctor en el Lenín Fonseca me dijo que me tenían que operar y solo tenía dos opciones: olvidarme del beisbol o recuperarme lentamente que me dejaría con poco chance de regresar a mi nivel. Gracias a Dios el tratamiento funcionó y no necesité la operación. Sin embargo cuando el médico me dio la primera noticia recuerdo haberme salido a llorar. Yo estaba solo y no sabía qué hacer”, confiesa con mucha nostalgia.

Si Castellón no fuera beisbolista, probablemente estuviera en El Jiqueliste cultivando la tierra como lo hacía de niño. Sembraba frijol y maíz, además de la crianza de ganado. “En el estudio era muy malo. Llegué hasta segundo año de la secundaria. Cuando uno sabe que no es bueno en algo mejor desiste. Así me ocurrió”. En el desarrollo de la sensación de El Jiqueliste han pasado muchos entrenadores como Throneberry, Vicente Padilla, Oswaldo Mairena, Franklin Sánchez, Mario Peña, Gonzalo López y Carlos Pérez. “Mi mayor problema era el descontrol y conforme fui mejorando mi mecánica se ajustó ese problema que tenía”.

EN LA PROFESIONAL

Su aparición en la Liga Profesional fue porque en la temporada regular, en el duelo entre León vs. Jinotega, Castellón lanzó seis entradas en blanco. “Eso les impresionó y desde ahí dejé la semilla para el futuro. Antes me había probado con el Bóer, me rechazaron y me dije que no volvería a ocurrir, así que me enfoqué al máximo. Padilla me llamó. Fue el puente para poder jugar con León. Y estoy muy agradecido con Sandor y con todos porque gracias a ellos soy mejor jugador”, explicó.

Castellón tiene dos picheos buenos para este nivel. Su recta, que ha alcanzado las 90 millas, y su cambio de velocidad ha provocado muchos desajustes en los bateadores. “He trabajado la curva y soy de esos lanzadores que siempre están disponibles. Mi mejor momento fue en el partido de la final, relevando a Isaac Silva, frené la ofensiva de los Tigres, así como lo hice en el primer duelo. La presión me alimenta. Me gusta el ambiente de final. Siento que no me afecta”, señala.
Su maratón apenas empieza. Tiene el mundo a sus pies y dos sueños por cumplir: números que impacten en los campeonatos de Primera División y ser un jugador de la Selección Nacional.




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