Debo a J. L. Rodríguez García -el más sabio entre los filósofos de mi generación- haber reparado en un escueto pasaje, no demasiado atendido por los estudiosos, de la correspondencia entre Hegel y el helenista Creuzer.

La carta está fechada el 30 de octubre de 1818 y la escribe, desde Berlín, un Hegel en la cima de su prestigio académico. Narra, con desapego, las pequeñas miserias universitarias, que son las de toda la vida. Luego, en tono hastiado, se detiene a hacer una consideración más general acerca de ese tiempo suyo que el coetáneo Chateaubriand ha descrito como el de las mutaciones vertiginosas, cuando las horas pasaban con velocidad de siglos y los momentos de crisis «reduplicaban la vida de los… Ver Más

Cortesia de ABC

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