Subió el 8 de marzo y partió a bordo del Carnival Cruiseline con la confianza de una mujer que conoce el mar, el que ha navegado en sendos barcos, cruceros que llevan y traen turistas por las aguas del Caribe. Las noticias de un nuevo virus todavía era un poco lejana, pero pronto les cambiaría la vida.

Apenas logró hacer un último crucero, cuyo itinerario incluía Jamaica, Bahamas, Gran Caimán por siete días. Los turistas lograron bajar, pero la tripulación quedó en los cruceros hasta que a finales de marzo, la empresa los enviaría a sus hogares.

Un grupo de mil almas de diferentes nacionalidades, entre ellas, Mayeli Hodgson, empezaron a cambiar su rutina dentro del barco. En tierra, el coronavirus ya empezaba a expandirse por el mundo. Poco a poco los espacios del crucero se fueron cerrando, y sus medidas de prevención ante contagios del SARS-CoV-2 se reforzaron. Debían tomarles la temperatura a diario, estar aislados, en cuarentena, al momento de almorzar tenían 45 minutos para hacerlo, y volver a sus cabinas, y estar ahí, sin saber por cuánto tiempo específico.

Los filipinos e indonesios fueron los primeros en irse por un vuelo chárter, relata Hodgson. La compañía había decidido poner a cada grupo de personas en un lugar donde se les hiciera más fácil retornar a sus países. La aventura, que tiene más de tristeza y preocupación, que de sonrisas, apenas iniciaba. Al estar en el Caribe, por lógica, debían empezar por dejar a los trabajadores de la zona, y luego, vendrían a Centroamérica. Lo que parecía una decisión, geográficamente correcta, se volvió una tortura porque la ansiedad y la incertidumbre se apoderó de la población ante la renuencia de algunos gobiernos para la entrada de sus connacionales.

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Les decían que si, luego que no, les cambiaba fechas, les decían que la compañía debía cumplir otros requisitos, que si llegaban a casa tenían que hacer cuarentena, y sino, eso implicaba una multa para la empresa; cualquier cantidad de obstáculos y retrasos que les provocaba olvidarse que estaban en un crucero en el paraíso caribeño. Hodgson cuenta que nadie podía enfermarse, si uno mostraba fiebre todos temían porque no sabían de donde podría venir, si todos estaban saludables. Eran días tremendos, cuenta.

Incertidumbre

La zozobra empezó a sentirse, no sabían qué hacer porque en los puertos no querían que entraran los barcos, por ende, tenían que estar en alta mar por 15 o más días. Se preocupaban por lo que vendría después, qué les iban a decir, dónde los iban a mandar. Todo era incierto porque dependían de lo que dijera la oficina central de la empresa y los gobiernos. A otro grupo de trabajadores los enviaron por vía marítima, y a ellos les tocaba esperar. Si lloró, lo hizo como muchos, que también oraban y pensaban en sus familias. No solo era el hecho de no llegar a su país, sino la misma preocupación del avance del virus. ¿Y si morían?

Pasaron por las islas Granada, Barbado, Dominica, y después vararon como 15 días en el mar, y así, mientras pasaban los meses, los gobiernos aceptaban a su gente. “Lloré muchas noches porque estando encerrada uno en su cabina, uno solo sube a comer, ve a la gente por ese tiempo y solo se regresa a su cabina a encerrarse”, expresó.

De un altavoz el capitán anunciaba a los que se iban, siempre podía ser de un momento a otro. A todos los llamaban, menos a los nicaragüenses. La angustia empezó a ser peor y se preguntaba qué pasaba con ellos. Hasta que los llamaron, el capitán les dijo que no los había reunido porque el gobierno no les había dado respuestas. Le mandaron correos desde la oficina central, en Estados Unidos, y desde el crucero y no habían contestado. Les pidió paciencia, y se comprometió que los llevaría a sus casas.

Los nicaragüenses varados en el crucero Carnival tendrían que haber llegado a Nicaragua el 3 de junio, pero les cancelaron el vuelo, luego, la fecha propuesta fue el 5 o 6, y hubo otra cancelación, la nueva fecha sería el 19, y después de esta vez, cuando les anunciaron que se iban para casa fue una sensación de alegría y miedo, que fuera otra ilusión, y tuvieran que seguir pidiendo que los dejaran entrar a su propio país. La primera respuesta que les dijeron del porque no podían ingresar al país, era porque el aeropuerto estaba cerrado, pero no hubo más explicaciones.

Ellos se empezaban a sofocar al ver que todos se iban, otros países les daban la bienvenida y se preguntaban porqué Nicaragua les negaba el ingreso. “¿Porqué no podemos entrar a nuestro país, porqué nos están negando entrar a nuestro país?”, cuestionaba Hodgson. “Por fin el gobierno nos aceptó y se van a ir a su casa”, les dijo el capitán el jueves 25 de junio.

Supieron que era caminar por tierra firme este lunes a eso de la 1:00 p.m. rumbo hacia el aeropuerto en Curacao, ahí  dijeron que estaban un paso más cerca de casa, pero cuando volaban fue el momento en el que sabían que nadie los iba a regresar esta vez. Arribaron a las 5:32 p.m. al aeropuerto Augusto C. Sandino en Managua, antes de venir tuvieron que someterse a que les hicieran dos veces la prueba de PCR. De esta forma 135 nicaragüenses de León, Masaya, Granada, Rivas, Managua y el Caribe, llegaron a sus casas.



Cortesia de La Prensa

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