El intento de ejecución que sobrellevó el responsable de la seguridad pública en la capital de todos los mexicanos levantó una oleada de condenas. Cuando las embestidas de los delincuentes se dirigen a alguna figura prominente entonces ahí sí que se prenden las señales de alarma. Pero la realidad de las cosas en este país es de cualquier manera atroz y aterradora, más allá del abierto desafío al Estado que haya podido lanzar una organización criminal: todos los días son asesinadas decenas de personas; a lo largo y ancho del país acontecen estremecedoras brutalidades; hay secuestros de ciudadanos, hay mujeres que desaparecen sin dejar rastro alguno, hay fosas repletas de cadáveres, hay casas donde se tortura a la gente, hay comerciantes que son asesinados por no pagar la cuota que exigen los extorsionadores… Y, pues sí, una de las víctimas de esta barbarie cotidiana iba a ser el señor García Harfuch, un policía de altos vuelos, un profesional muy respetado y un hombre que está cumpliendo a cabalidad con su trabajo.

Fue una auténtica torpeza, si lo piensas, lo del atentado. No hay manera de advertir ventaja alguna en la estrategia de atacar directamente a los más altos encargados del combate al crimen organizado porque la primera consecuencia será la respuesta decidida de las autoridades, a pesar de todos los pesares, y, peor aún para los autores del asalto, de manera selectiva. Con dedicatoria, o sea.

El problema verdadero, sin embargo, no está en el predominio de una organización. El gran reto que enfrentamos como sociedad es el escalofriante deterioro de las condiciones de vida de millones de compatriotas amenazados por asesinos y ladrones de una descomunal crueldad. Tampoco es mínimamente viable un país en el que la cultura del robo (sí, podemos ya validar esta denominación) se haya instaurado como una suerte de perversa normalidad: en todos los barrios de todas las ciudades y pueblos, la gente teme volver a sus casas y encontrarlas saqueadas, los vecinos se resguardan detrás de muros rematados de alambre de púas y los pequeños comercios de las esquinas parecen fortificaciones.

Y es que existen también esos otros mexicanos, demasiados, que no han interiorizado valores ni cultivado virtudes cívicas. Por ahí va más bien la cosa.¿Cómo la arreglas?

revueltas@mac.com



Cortesia Milenio

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