El término “fascista”, a fuerza de ser usado indiscriminadamente, ha perdido mucho de su valor descriptivo. Con alguna razón, las fuerzas democráticas y particularmente las de la izquierda, lo utilizaron para denunciar a los grupos autoritarios y conservadores, particularmente de la ultraderecha.

Sin embargo, muy rápidamente, sobre todo en América Latina, muchos regímenes de corte populista se establecieron, imitando en más de alguna de sus partes al modelo de Mussolini. Por su parte, los estudiosos del fenómeno trataron de entender lo que realmente había sido el fascismo en Italia y eventualmente en algunas otras partes de Europa. Releer a Renzo de Felice, el mayor especialista italiano en la materia, me ha dado escalofríos, pues no puedo dejar de observar muchos de estos rasgos en el sistema político que los populismos latinoamericanos han pretendido establecer, incluyendo la 4T.

Como muestra, cito de manera extendida las conclusiones que dicho autor avanzó, en su libro Las interpretaciones del fascismo. Señaló De Felice allí que el fascismo se afirmó a través de: “una concepción de la política y más en general de la vida, de tipo místico, fundada sobre la primacía del activismo irracional (confianza en la acción directa y resuelta) y sobre el desprecio del individuo común, a quien le era contrapuesta la exaltación de la colectividad nacional y de las personas extraordinarias (élites y superhombre) de la cual descendía el mito –esencial en el fascismo- del líder [capo]; un régimen político de masas (en el sentido de una movilización continua de las masas y de una relación directa líder-masa, sin intermediarios), fundado en el sistema del partido único y de la milicia de partido y realizado a través de un régimen de policía y un control de todas las fuentes de información y de propaganda; un revolucionarismo verbal y un conservadurismo sustancial, mitigado por una serie de concesiones sociales de tipo asistencial; el tentativo de crear una nueva clase dirigente, expresión del partido y a través de él, sobre todo de la pequeña y mediana burguesía; la creación y la valorización de un fuerte aparato militar; un régimen económico de corte privado, caracterizado por la tendencia a la expansión de la iniciativa pública, a la transferencia de la dirección económica de los capitalistas y de los emprendedores a los altos funcionarios del Estado y al control de las grandes líneas de la política económica, así como a la asunción de parte del Estado del papel de mediador en las controversias de trabajo (corporativismo) y de una dirección autárquica.”

Por supuesto, fascismo y populismo no son exactamente lo mismo, pero es inquietante observar cómo muchas de sus características se han retomado, apropiado y adaptado, según las circunstancias nacionales. Y cómo en su combate al liberalismo (o neoliberalismo) y a la democracia, estos regímenes han terminado por imitar los rasgos más característicos del fascismo. El ambiente que estamos viviendo en México no es, por lo demás, el más propicio para la construcción de un régimen democrático y de libertades. El fascismo, hay que decirlo, se asoma por varios lados.

roberto.blancarte@milenio.com



Cortesia Milenio

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