López Obrador ganó hace dos años. El miércoles se recordará el día en que triunfó. También aquel discurso en el Zócalo repleto de entusiasmo.  La emoción se desbordaba. Era el sentimiento de esperanza el que no cabía en las calles de Centro Histórico.

Andrés Manuel recibió un país devastado por la violencia, la corrupción y la impunidad. Los personajes de la transición traicionaron el cambio.

Vicente Fox dio la espalda a la gran reforma del Estado en un dos por tres. Se alió con las televisoras, vio negocios al amparo del poder y dilapidó su capital político. Felipe Calderón no decepcionó a sus huestes conservadoras, mochas, machas de derecha. Para sentarse en la silla presidencial echó mano de los hombres de negocios beneficiados por el sistema y hasta de la lideresa sindical Gordillo. Para legitimarse sacó al Ejército a las calles, criminalizó a víctimas y colocó a Genaro García Luna como su mano derecha en seguridad.

Enrique Peña Nieto pasó del “Mexican moment” al “México transa”. La maquinaria de saqueo priista se unió con el Verde. Las jóvenes promesas del partido resultaron peor que los dinosaurios tricolores.

Todo parecía indicar que el grave deterioro sería un reto para AMLO, pero también una oportunidad para marcar diferencias. Sin embargo, se cumplen 24 meses y la repartición de promesas y culpas continúa. El tiempo corre.

En inseguridad, por nombrar un tema, México sigue perdiendo. Los dos grupos más poderosos retaron al gobierno y dieron pasos hacia adelante. Primero, el Cártel de Sinaloa logró que en el operativo fallido de Culiacán el Presidente ordenara la liberación de Ovidio Guzmán, hijo del Chapo.

Después, el Cártel Jalisco Nueva Generación atentó contra el secretario de Seguridad de Ciudad de México y mató a tres personas. Camionetas blindadas, Barretts, hoteles resguardando sicarios, etcétera marcaron un antes y un después en pleno territorio de los poderes de la Unión.

Es la historia de una nación en donde la cuenta de los muertos se entierra en fosas, en cenizas incalculables, en cifras diluidas, en gente sin rostro ni nombre, mientras escuchamos los mismos discursos cada vez más desoladores. 

@elisaalanis

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Cortesia Milenio

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