Clarin-

En estos días de encierro por el coronavirus busco una serie en Netflix para empezar a ver. Una de las que aparecen primero es “Justicia para el pequeño Gabriel”. Leo que está basada en una historia real que ocurrió hace poco en Estados Unidos, y la miro. Son seis capítulos en los que se muestran todas las torturas, maltratos y violencias que sufrió este niño de 8 años por parte de su madre y el novio de ella. Gabriel Fernández dio todas las señales que pudo: a su maestra, a un policía, que denunciaron varias veces. Pero otros policías y los servicios sociales y los organismos de protección de niñez miraron para otro lado, hicieron mal su trabajo y Gabriel terminó muriendo por los golpes. La negligencia de los servicios sociales del Estado me hizo acordar a “Laëtitia o el fin de los hombres”, el libro que escribió en 2016 el francés Ivan Jablonka, donde plantea que la violación y muerte de Laëtitia a los 18 años ya estaban escritas casi desde que nació: junto a su hermana melliza dieron vueltas por distintos hogares, supuestamente acompañadas por un sistema social que no vio, no detectó, no cuidó. La historia también es real e involucró a muchos funcionarios franceses. El encierro obligatorio sigue y elijo otra serie de Netflix, pero esta vez elijo una de ficción. Pongo la que está viendo todo el mundo: la islandesa “Los asesinatos de Valhalla”. A poco de comenzar me doy cuenta que se trata de niños abusados por quienes debían protegerlos. Y la imposibilidad de seguir con la vida como si nada: se suicidan, están presos, están solos, están marcados para siempre. Me digo que debo refugiarme en la lectura. De la pila de libros pendientes tomo “Hacia la belleza”, de otro francés, David Foenkinos. Lo elijo porque leí todo lo suyo y es bueno, irónico, gracioso. Justo lo que necesito. Pero a mitad del relato un profesor viola a una alumna de 16 años –el tipo es amigo de la familia- que termina tirándose por la ventana. Encerrados, o sin encierro, para muchos niños y niñas no hay escapatoria.

Cortesia Clarin