InicioCentro America¡Los dejaron morir! En 2004 lincharon a policías en San Juan Ixtayopan,...

¡Los dejaron morir! En 2004 lincharon a policías en San Juan Ixtayopan, Tláhuac

Un viento frío soplaba a pesar del sol que caía aquel mediodía del 24 de noviembre de 2004.

Era la hora de la salida en la primaria Popol Vuh. En el ambiente se sentía una sensación extraña y los padres de familia recogían con premura a sus hijos.

De pronto, dos pequeñines aprovecharon que sus mamás se distrajeron con la plática para acercarse a una mancha negra y roja que había en el pavimento, eran residuos de cenizas y sangre. Había también dispersos andrajos, un zapato color negro, cabellos y una especie de boleto que decía: “FOLIO 166386, VALIDO POR UNA COMIDA, PFP”. El viento sopló de nuevo y susurró: “¡acuérdense de lo que pasó ayer!”

Las madres de los pequeñines se asustaron y corrieron presurosas hacia ellos: -¡Quítense de ahí, escuincles del demonio! ¡Por qué están de mirones! Y se los llevaron a toda prisa.

Mientras tanto, en el quiosco, Jardín Abelardo Rodríguez, cercano a la primaria, decenas de personas de todas las edades se habían congregado, un hombre vociferaba para la multitud: -No justificamos los actos de ayer, no estamos de acuerdo, pero tampoco es justo que se generalice, porque en San Juan Ixtayopan somos más de 20 mil habitantes y por unos cuantos nos señalan a todos, pero no somos un pueblo de asesinos, de salvajes, o de gente inculta e irracional.

-Las personas coincidieron con el discurso del orador y recalcaban que no eran asesinos ni delincuentes.

El sujeto continuó: -San Juan se ha manifestado ante las autoridades y cuando no han atendido nuestras demandas, nos hemos manifestado en forma unida, pero también pacífica, tomando algunas vialidades, pero jamás con la violencia.

Entre la multitud se encontraba el reportero de LA PRENSA Raúl Macías, quien recogió el punto de vista de algunos habitantes. Una señora denunció lo siguiente: -Aquí en San Juan existen cerca de 30 narcotienditas. Hay gente que les vende droga a nuestros niños, tanto a estudiantes de primaria como secundaria, y esto no han querido investigar las autoridades de la Procuraduría capitalina porque elementos de la Policía Judicial protegen a esos narcotraficantes.

Otro vecino intervino ante la grabadora del reportero: -Aquí en San Juan tenemos un problema serio de narcomenudeo y hemos señalado a los distribuidores a las autoridades de Seguridad Pública, en las reuniones que hemos tenido con ellos. Hemos denunciado la venta de droga en distintos puntos de nuestra comunidad y nos han respondido que es un problema en general de todo el Distrito Federal, pero si ya está aquí la Policía Federal Preventiva, pues que actué y terminé con su labor, porque nos sentimos acosados y temerosos.

Otro añadió con mucho interés: -En San Juan Ixtayopan nos conocemos la mayoría de gente y sabemos quiénes son y dónde viven, a qué se dedican y a cuál familia pertenecen; pero también han llegado muchas personas de fuera, que vienen a rentar o a comprar terrenos y, por desgracia, no conocemos sus antecedentes.

En cuestión de minutos, el reportero ya se encontraba rodeado por varios habitantes y todos señalaron que se encontraban muy avergonzados por lo acontecido el día anterior, pero que no era justo que se les culpara a todos.

El reclamo de las personas parecía muy honesto, pero ¿de qué estaban avergonzados? ¿Qué había pasado el día anterior? ¿Por qué resaltaban que no todos eran culpables? ¿Quiénes eran los supuestos narcomenudistas? ¿Por qué había tanta presencia policiaca en el lugar?

“FUE UNA DECISIÓN CORRECTA, ERAN ELLOS O NUESTROS HIJOS”

No obstante, de pronto apareció en la explanada del jardín otro grupo de personas que tenían un punto de vista distinto, se mostraban algo exaltados y se acercaron también al reportero de El Diario de las Mayorías: -Nosotros somos gente tranquila, pero cuando nos buscan, nos encuentran –dijo un señor de la tercera edad. Otro sujeto enfurecido señaló: -Estuvo cabrón lo de anoche, pero esto servirá de escarmiento para aquellos que quieran hacer de las suyas en nuestra comunidad.

Y uno más se sumó a las declaraciones: -Lo que hicimos estuvo bien hecho, eran ellos o nuestros hijos. Hace poco se robaron a una niña de esta primaria… Y también vamos a pedir la destitución de la delegada Fátima Mena, porque ha dejado que la delincuencia se incremente, ella es la que tendrá que responder por estos hechos… ya estuvo bien de que cubra a los delincuentes y narcotraficantes, pues, aunque le hemos presentado las denuncias, no nos ha hecho caso.

El pueblo estaba dividido: un sector sentía culpa y otro se sentía orgulloso de lo que había ocurrido la noche anterior; pero, ¿cuál era el escarmiento del que se sentían satisfechos algunos habitantes de San Juan Ixtayopan? ¿De qué hechos responsabilizaban a la delegada de Tláhuac, Fátima Mena Ortega?

¡TURBA DEMENCIAL!

Los tres elementos de la PFP habían sido asignados para investigar un domicilio que estaba señalado como punto de venta y distribución de drogas

-Cristóbal, hay algo aquí que no me late, no sé qué es, pero no me agrada… apenas vamos llegando, pero ya me quiero ir.

-¡Cálmate parejita, todavía ni comenzamos nuestra investigación y ya te quieres ir, no me chingues! Ahorita sólo vamos a ubicar el domicilio, sacamos algunas fotos y nos vamos. Mañana iniciaremos en forma nuestra indagatoria –respondió Cristóbal, quien además conducía el auto.

El vehículo compacto con los tres agentes de la Policía Federal Preventiva avanzó unas cuadras más, cuando estaban muy cerca del objetivo por investigar, se estacionaron en una esquina y Cristóbal apagó el motor.

-Ahí está el domicilio, según la lista que nos pasó el jefe, es ésa; ahora vamos a ver si sale alguien para poder sacar unas placas y nos retiramos. Se ve todo tranquilo compañeros, no se me pongan nerviosos, ahorita nos retiramos. Sólo hay que recabar la información suficiente para llenar el reporte. ¡Tranquilo pinche Édgar, no va a pasar nada! A ver Víctor, tienes preparada la cámara, ponte chingón por si sale alguien.

Cristóbal se comportaba con tranquilidad, hasta cierto punto, con la monotonía que deja la experiencia, luego de tantos años en la policía.

Era una clásica tarde de otoño, con un sol que se negaba a ir y un viento que corría fresco y se mezclaba con los diversos olores del ambiente.

Los investigadores estaban ahí, en el pueblo de San Juan Ixtayopan, en Tláhuac, porque habían sido asignados para investigar una narcotiendita. La Policía Federal Preventiva tenía en su poder, una lista de 150 inmuebles en toda la Ciudad de México, donde sospechaba, se comercializaba todo tipo de estupefacientes: marihuana, perico, crack, cocaína, LSD, entre otras. El narcomenudeo era un negocio que comenzaba a gestarse en las entrañas más profundas de la urbe capitalina.

Habían pasado pocos minutos, cuando del domicilio identificado vieron salir a una mujer, era robusta y cargaba una charola que en apariencia contenía sándwiches y tortas. Llegó a la esquina de la calle y dobló a su derecha, rumbo a la escuela primaria.

-Miren colegas, esa mujer salió del objetivo, a ver Víctor, bájate y tómale fotos, y ya con eso terminamos por hoy. Su compañero lo obedeció, descendió del coche, se guardó discretamente la cámara fotográfica en una de las bolsas interiores de su chamarra y se dirigió hacia la escuela. Se aproximaba la hora de salida de los niños, por ello, afuera los vendedores de golosinas, chicharrones, papitas y helados comenzaban a instalarse.

Mireles se quedó parado en la acera de enfrente, sin embargo estaba lejano a la puerta de la escuela, lo hizo deliberadamente para no evidenciarse, dese ahí, logró sacar varias fotografías de la mujer que había salido del domicilio que investigaban, no obstante, no pudo evitar que algunas personas lo vieran, así que decidió regresar al auto, lo hizo a pasos largos y lo más rápido que pudo.

-Ya se hizo parejitas. Logré fotografiar a la doña, aunque me vio alguno que otro curioso. Ahora vámonos ya.

-Bien Mireles. ¿Te fijaste cómo se llama la escuela? –Preguntó Cristóbal.

-No, no me fijé en el nombre, pero sí retraté a la doña –respondió Víctor. –Tenemos que saber cómo se llama la escuela para poder llenar el reporte. A ver, Édgar, bájate y ve a ver cómo se llama la escuela –Ordenó de nuevo Cristóbal.

-Oiga señor, pero ya nos vamos. Mañana vamos a venir temprano. ¿Mañana lo hacemos, no? –No, de una vez, porque tenemos que ir a Torre a hacer nuestro reporte y tenemos que saber cómo se llama la primaria. Mira, es más, vamos a movernos pasando la escuela, allí te esperamos, tomas el nombre, te subes y nos vamos.

Así lo hicieron. Cristóbal echó a andar el coche, dio la vuelta, pasó la escuela y cuadra y media más adelante se estacionó.

Édgar jaló aire, trató de llenar sus pulmones y su corazón comenzó a latir más rápido de lo normal, entonces obedeció la orden de Cristóbal. Se bajó del auto y comenzó a caminar de regreso hacia la primaria. En cuanto puso un pie en el asfalto, sintió que todas las miradas de las personas lo aplastaban. Decidió acercarse con la mirada puesta en el suelo, como una manera de pasar desapercibido. Levantó de manera tímida la cabeza y vio que un grupo pequeño de padres de familia se acercaban a él. Su corazón ya retumbaba de forma acelerada. Era inminente que lo abordarían, así que desvió sus pasos hacia un puesto de refrescos. Lo alcanzaron y una señora tomó la iniciativa:

-¿Oiga, usted quién es? ¿Qué hace aquí?

-¿Por qué? –A usted no lo conocemos. ¡Usted no es de aquí! El policía trató de guardar mesura:

-No, yo simplemente voy a comprar un jugo. Édgar siguió caminando pero las personas no dejaban de cuestionarlo. Se detuvo en el puesto a pedir su jugo, mientras el grupo de padres lo tenía rodeado, de forma abrupta, un sujeto llegó y lo sometió por la espalda, con una mano sujetándole el pantalón por la cintura, y la otra del cuello de la camisa.

-¡Quién eres cabrón! ¡No te hagas pendejo! ¡Ustedes son secuestradores! Con la voz entrecortada de temor, Édgar contestó: -¿Qué te pasa? ¿Por qué me agredes? ¿Cuáles secuestradores? ¡No sé de qué me estás hablando! Intentó zafarse del sometimiento y ambos forcejearon durante algunos segundos, mientras esto ocurría, más personas comenzaban a llegar, lo que antes era una calle casi desolada, empezaba a llenarse de gente de todas las edades.

“¡USTEDES SON LOS QUE SE LLEVARON A LAS NIÑAS!”

Édgar Moreno no entendía lo que sucedía, en esos momentos deseaba no estar ahí. Pensaba en por qué no había pedido una semana más de vacaciones. O que todo fuera obra de una pesadilla. Pero desde que llegaron a San Juan Ixtayopan tuvo un mal presentimiento, el cual comenzaba a materializarse.

-¿Quiénes de ustedes tienen hijos en esta escuela? –Preguntaba a los padres de familia el hombre que sometía a Édgar. –¡Este culero es uno de los secuestradores de los que se llevaron a las niñas!

Otro sujeto, encolerizado, tomó al policía por los cabellos y entre los dos lo pusieron contra la pared. Acto seguido, alguien llegó con una cuerda y entre varios comenzaron a atarle las manos a Édgar, al mismo tiempo le vociferaban toda clase de insultos.

En esos momentos, Cristóbal Bonilla y Víctor Mireles habían sido increpados por otro grupo numeroso de personas, los habían bajado del auto, al igual que Édgar, eran cuestionados, insultados, golpeados, mientras también les amarraban las manos.

Édgar Moreno intentó conciliar una vez más y se dirigió con uno de sus agresores: -Dame oportunidad de demostrarte que somos gente honesta, gente trabajadora. Somos elementos de la Policía Federal. Me voy a identificar.

Pero ignoraron su petición y a cambio comenzaron a esculcarlo, lo despojaron de su cartera, gafete y credencial de la PFP y de su credencial de elector. El enojo de los pobladores iba in crescendo y la tomaron contra el auto de los policías. Con tubos y palos le rompieron los cristales, los trancazos deformaban la lámina y estética del vehículo. Todo empezaba a tornarse caótico y hasta el sol, que minutos antes se negaba a esconder, comenzó a declinar en el horizonte. A lo lejos, se escuchaban las campanas de la iglesia que repicaban. El pequeño grupo de padres de familia que en un inicio abordó a los policías, se había tornado en cuestión de minutos en una muchedumbre.

«DENME CHANCE DE DEMOSTRARLES QUE SOMOS PERSONAS HONESTAS»

Anocheció y el suplicio continuaba contra los tres policías de la Federal Preventiva, quienes recibieron una primera golpiza por parte de los pobladores, quienes estaban cada vez más enfadados y no entendían de razones. Se aferraban a la idea de que eran los secuestradores que hacía un mes, habían raptado a dos niñas originarias del rumbo. Los responsabilizaban del rapto y les exigían que las devolvieran.

Mientras esto sucedía, Édgar, Víctor y Cristóbal eran cobardemente golpeados, recibían patadas y puñetazos en distintas partes de su cuerpo y después de cerca de 20 minutos, hicieron una pausa, la cual Édgar Moreno aprovechó para soltarse de las amarras. Hurgó en el bolsillo de su pantalón y sacó su teléfono celular y con él en la mano, suplicó: -¡Denme chance de demostrarles que somos gente honesta! Voy a llamarle a mi jefe, agente de la Policía Federal.

Sorpresivamente, los pobladores aceptaron la petición de Moreno Nolasco, quien se comunicó con su jefe inmediato, el subinspector Manuel Ángel García Lugo.

-Bueno, jefe, soy Édgar Nolasco, ayúdenos, por favor. La gente piensa que somos secuestradores. ¡Nos están golpeando! No nos creen que somos policías federales.

¡Mándenos apoyo, por favor, porque si no, aquí nos van a linchar!

¡Mande un oficio de comisión, por favor jefe! ¡Nos van a linchar!

-Si Édgar, enterado. ¡No te preocupes, vamos para allá! –Fue la respuesta que le dio García Lugo y colgó de inmediato.

En esos momentos, dos policías de la Secretaría de Seguridad Pública llegaron al lugar e intentaron mediar con los pobladores, para que cesara el castigo contra los tres investigadores de la PFP, sin embargo, no fue posible, la ira tenía completamente nublada la razón de la gente y el suplicio continuó.

¡TODAVÍA ESTABAN VIVOS!

Como en un universo onírico, los hechos cada vez eran más absurdos, inmersos en el caos, en una lógica demencial, se sucedían muy lentos por lapsos, pero después se tornaban frenéticos. La muchedumbre golpeaba, jaloneaba, escupía, azotaba al trío de policías al ritmo de una danza rota. Los tres martirizados tenían ya la marca en sus frentes de ser los secuestradores, los culpables de casi todos los males que azotaban a los residentes de San Juan Ixtayopan. Una marca impuesta por el pueblo, y aquí sí, se hizo valer la decisión del mismo.

Mientras eran torturados, física y psicológicamente, Cristóbal, Víctor y Édgar caían al piso debido a los golpes, los arrastraban, los volvían a levantar para tundirlos de nuevo, ahora los agresores los percutían con palos y tubos, y las acusaciones no cesaban:

“¡Ustedes son los pinches secuestradores, regresen a las niñas!” “¡Ya estamos hasta la madre de ustedes!” Las amenazas tampoco: “¡Los vamos a quemar vivos, hijos de la chingada!” “¡Sáquenles los ojos, para que aprendan!”

La lógica ya era tan irracional, que se tornó bestial, tanto torturados como verdugos se habían vuelto una configuración animal. Víctor, Cristóbal y Édgar lagrimeaban, sangraban y aullaban como animales en el matadero. Mientras la muchedumbre parecía una jauría furiosa que jadeaba de rabia, dispuesta a devorar a su presa.

No obstante, después de la segunda golpiza propinada a los policías de la PFP, la multitud hizo una pausa y permitieron que Édgar Moreno Nolasco se comunicara por segunda vez por teléfono. El policía le marcó a un compañero de la corporación y le solicitó que pidiera apoyo de sus superiores, lo más rápido que pudiera porque si no los iban a linchar.

De pronto, la delegada de Tláhuac, Fátima Mena, llegó al lugar acompañada de dos uniformados de la Secretaría de Seguridad Pública e intentó dialogar con la turba: -A ver, qué es lo que está pasando aquí –Un hombre sujeto fuera de sus casillas le contestó: -Si ustedes no quieren ver por el pueblo, nosotros lo vamos a remediar. ¡Ya estamos hartos! ¡Les hemos pedido que pongan solución a esto y no nos hacen caso!

En medio del tumulto, la delegada contestó a gritos: -Aquí estoy, haciendo frente a la situación. Díganme, qué es lo que está pasando. Entonces una mujer robusta, de tez blanca, apodada “La Gorda”, se le puso cara a cara a Fátima y le respondió airadamente: -¡A ver, Fátima, será mejor que te vayas! ¡Si te quedas, yo no respondo! ¡Esto ya valió madres! –¡Está bien, me voy a ir, pero contrólalos, contrólalos! –La delegada no lo pensó dos veces, se dio la media vuelta y se fue.

Para esos momentos, los tres elementos de la Federal Preventiva llevaban más de dos horas soportando el martirio. Reporteros de varios medios de comunicación se encontraban en el lugar siguiendo los pormenores, entre ellos, los de las dos televisoras más grandes del país, pero ningún agrupamiento policiaco para rescatar a Édgar Moreno, Víctor Mireles y Cristóbal Bonilla, sólo un helicóptero sobrevolaba la zona, pero ninguna orden concreta para llevar a cabo el rescate.

¡HUMILLACIÓN BRUTAL!

Pasadas las 20:00 horas, el país entero sabía lo que estaba pasando en San Juan Ixtayopan, con los tres agentes de investigación de la PFP, entonces ¿por qué ni el comisionado de la PFP, José Luis Figueroa, el secretario de Seguridad Pública del entonces Distrito Federal, Marcelo Ebrard, o el de Seguridad Pública Federal, Ramón Martín Huerta, asumían su responsabilidad y actuaban de manera contundente para salvarles la vida?

Tendidos en el suelo, humillados y hundidos en la desesperanza, todavía Édgar Moreno suplicó por última vez a sus torturadores, le dejaran hacer una llamada más, para demostrarles que no eran secuestradores, como ellos creían, y que estaban en San Juan Ixtayopan, investigando una supuesta narcotiendita.

Así que tomó su teléfono y habló con uno de sus mandos. Esta llamada se televisó en vivo y fue vista y escuchada por miles de personas, debido a que un reportero de Televisa y su camarógrafo, la transmitieron en tiempo real.

-Necesitamos su ayuda señor, nos están golpeando. Ellos dicen que, supuestamente somos secuestradores y que nos llevamos a dos niñas, pero ya les dijimos que venimos a lo del narcomenudeo, pero no nos quieren creer. -¿De qué teléfono estás hablando? –Dijo la voz del otro lado de la línea –Es el mío señor, soy Édgar Moreno Nolasco.

El reportero tomó la llamada y habló por algunos segundos con el mando de la PFP, sin embargo, repentinamente un sujeto le arrebató el celular y profirió amenazas: -¡Si no vienen en media hora, los vamos a matar! ¡Devuélvanos a las niñas que se llevaron! ¡Si no lo hacen, los vamos a quemar vivos! –Los ánimos de la turba volvieron a encenderse con facilidad y arremetieron de nuevo contra los tres policías, los tiraron al piso y los comenzaron a patear de manera brutal.

Tres sujetos tomaron a Cristóbal como si fuera un muñeco de trapo y lo arrastraron varios metros, después lo golpearon con palos, tubos, con lo que tenían a la mano, su rostro en cuestión de segundos se puso todo amoratado. Ya casi no se quejaba de los golpes que recibía, ya no tenía fuerzas ni aliento para hacerlo. De pronto lo aventaron y Cristóbal parecía inconsciente. Después de algunos segundos, suspiró y ya no se movió.

¡INDIGNACIÓN E IMPOTENCIA!

Los familiares de los agentes asesinados culparon a los mandos de la PFP de ser negligentes y no mover un solo dedo para rescatarlos

Mientras, Víctor y Édgar se tomaron de la mano, estaban de cara al asfalto y eran golpeados por la turba.

–¡Resista señor, resista! ¡Ya nos dijeron que vienen por nosotros! –Le decía Édgar Moreno a su compañero, al mismo tiempo que le apretaba la mano, en una forma de transmitirle ánimos y esperanza, si es que todavía quedaba algo de ello en Víctor.

La muchedumbre enardecida arrastró a Víctor en calidad de bulto y sin camisa ya, debido al martirio.

A Édgar lo sentaron en la banqueta, lo despojaron de su reloj y comenzaron a hacerle palanca en el brazo con el apoyo de un poste de luz, éste gritaba y movía su extremidad para que no se la fracturaran. A lo lejos pudo ver, cómo Víctor había corrido la misma suerte que Cristóbal, ya que después de ser golpeado hasta el hartazgo, estaba sobre el suelo sin moverse, entonces perdió todas las esperanzas, se convenció de que sus mandos no los ayudarían, los habían abandonado y él también iba a morir.

Cristóbal Bonilla y Víctor Mireles yacían inconscientes, ambos en andrajos por la tortura, entonces alguien comenzó a gritar que los quemaran y pronto se volvió en consigna generalizada.

-¡Échenles lumbre a los hijos de la chingada! –Tres sujetos llegaron con garrafas de gasolina y comenzaron a rociar los cuerpos de los policías y después les prendieron fuego. Los cuerpos de Víctor y Cristóbal se retorcieron un poco con las llamas, ante los semblantes regocijadamente siniestros de la multitud, en una escena espantosa, emulando a los castigos que practicaba la Santa Inquisición española 500 años atrás.

Luego tomaron la decisión de hacer lo mismo con Édgar, a quien arrastraron hacia el quiosco del pueblo, éste iba semidesnudo también y sangrando por la boca y nariz.

-¡Aviéntenle de piedras! ¡Vamos a matarlo a pedradas! –Gritaban hombres y mujeres. Édgar se enconchó y lo único que se le ocurrió fue cubrirse la cabeza. Fue entonces cuando se dio por vencido, tuvo la certeza de que lo iban a matar.

-¡Dios mío, aquí voy a quedar! –Fueron las palabras de Édgar Moreno Nolasco y de pronto sintió que dos personas lo tomaron por los hombros y lo levantaron, se trataba de agentes de la Policía Judicial, quienes lograron llegar antes de que también lo mataran.

Mientras lo llevaban moribundo entre las calles, Moreno Nolasco suplicaba a sus salvadores que sacaran también a Víctor Mireles y a Cristóbal Bonilla, sin embargo, éstos ya habían fallecido. Así que lograron llegar hasta donde lo esperaba una ambulancia, la cual lo trasladó al hospital de emergencias de Xoco, posteriormente, debido a la gravedad de su estado de salud, lo llevaron al Hospital Militar.

Al día siguiente, se realizó un operativo para ir tras la captura de los responsables del linchamiento. Más de 300 elementos entre las corporaciones de la Agencia Federal de Investigaciones, Secretaría de Seguridad Pública y de la misma Policía Federal Preventiva, supervisados por 5 ministerios públicos federales detuvieron a 32 personas sospechosas de participar en el homicidio. Y es cuando uno se pregunta, estimado lector, ¿por qué no desplegaron esa fuerza policiaca horas antes para rescatar a Édgar Moreno, Víctor Mireles y Cristóbal Bonilla? Claro que era justo que los responsables de su muerte merecían un castigo, pero por qué no intentaron siquiera ayudarlos.

Los detenidos fueron remitidos a las instalaciones de la Procuraduría General de la República y por la noche, en los noticieros estelares, autoridades como Marcelo Ebrard, Ramón Martín Huerta y José Luis Figueroa trataban de justificar su incapacidad para salvar a los tres investigadores de la PFP. Todos coincidían en que hicieron lo humanamente posible por rescatarlos, pero la realidad es que los hechos los contradecían de forma contundente.

Ah!, y como es costumbre en nuestro país, las autoridades se echaron la culpa mutuamente, porque así es más sencillo siempre, que asumir los propios errores. Que explicación lógica daban a los familiares de las tres víctimas, si dos de ellos: Víctor Mireles y Cristóbal Bonilla habían entregado sus vidas al servicio de la policía. Si la verdad fue que los abandonaron y fueron negligentes con sus compañeros.

Meses después, fueron cesados de sus cargos Marcelo Ebrard Casaubón, en ese entonces secretario de Seguridad Pública del DF, José Luis Figueroa, comisionado de la Policía Federal Preventiva, junto con otros ocho mandos más de la misma corporación, entre ellos Manuel Ángel García Lugo y José Luis Palacios Razo, jefes directos de los tres policías linchados, quienes no hicieron nada por salvarlos.

Siete años después, en 2011, elementos de la Policía Federal detuvieron en el Ajusco, al sur de la Ciudad de México, al matrimonio señalado como los principales instigadores del linchamiento contra Édgar Moreno Nolasco, Víctor Mireles y Cristóbal Bonilla en 2004. Ellos eran Alicia Zamora Luna, alias “La Gorda” y su esposo Eduardo Torres Montes. Se les acusó por los delitos de homicidio calificado, robo, daño en propiedad ajena y delitos contra servidores públicos, todos éstos en la modalidad de pandilla.

Aunque todos los señalados, civiles y autoridades hubieran recibido un castigo, cabe preguntarnos quiénes eran los verdaderos responsables de la tragedia; ¿las autoridades que fueron negligentes con las denuncias de los pobladores de Tláhuac, quienes habían señalado varios secuestros de niños en la zona, o los culpables fueron los mismos pobladores, por tomar justicia por su propia mano? No obstante, una situación quedó más que esclarecida, Édgar, Víctor y Cristóbal, no eran los plagiadores que ellos afirmaban.



La Prensa

Mas Noticias

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here

- Advertisment -

Ultimas Noticias