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Cabezas huecas

Debo aclarar que cuando la cabeza del monumento a Reina Barrios rodó por el asfalto de La Reforma, parte de mis raíces rodaron también junto a ella. Y es que mirar ese adornado espacio sin asociarlo a un orgullo propio y a la nostalgia, a mí me sería imposible. Al fin, hasta ahí llegaban mis confines, desde buena parte de la juventud. Por ahí caminábamos en el recorrido hacia el colegio, situado a un par de cuadras. Fueron esos los periplos para las picardías con la banda infantil.
Recuerdo que jugábamos futbol con los frutos “manzanotes” que caían de los árboles que abundan alrededor. Nos imagino celebrando las jugadas de gloria en compañía de los monumentos señoriales. El señor en la estatua ecuestre, un eterno testigo hidalgo. Dudo, sin embargo, que ninguno de nosotros haya sabido entonces quién era ese jinete que adornaba bellamente el arriate. No sé si nos interesaba siquiera, qué habría hecho en su gestión presidencial. O qué representó su era. La del liberalismo guatemalteco del siglo XIX. Dudo que ninguno de nosotros, chiquillos, hayamos cuestionado qué estaba detrás de esa estética monumental.

No sé usted, pero yo, aunque sé que no es así, a las estatuas las imagino sólidas en su interior. Y no deja de llamar la atención cada vez que hay oportunidad de ver que realmente las de bronce son vacías. Eso poco importa cuando representa algo más allá de un esfuerzo artístico. Imagine: El Quijote y Sancho Panza, en el medio de Madrid, en el monumento a Cervantes, que simboliza la hispanidad. O los leones al pie de la columna de Nelson, en Londres, en la celebración al señorío británico sobre sus pares europeos. Los ciudadanos se sienten orgullosamente representados en estos monumentos. O qué decir de la afamada Estatua de la Libertad. Son exaltaciones sobre las cuales toda una idea de nación está construida, y que representan historias y valores que inspiran a sus pueblos. Aún así, la discordancia por una efigie no es exclusiva de nosotros. Al fin, en todas partes, son los vencedores quienes escogen a quién recordar. Por eso es que hay quienes reaccionan ante la tendencia a destruir efigies alrededor del mundo.

Pero creo que ni siquiera es el caso de la destrucción de la imagen de La Reforma. Observé el debate en las redes sociales. En lo que vi abundó más un empezar a recordar quién había sido el tal José María Reina Barrios que alguna defensa o identificación expresa de su legado. Los amigos con quienes recorríamos esas plazas, francamente, creo que nunca se lo habían preguntado. Con ocasión de este suceso, algunos empezaron a mencionar lo que encontraron: “Que un presidente urbanista”. “Que un presidente de la era liberal, con visión hacia el despojo de las tierras ancestrales”. Algunos empezaron a conectar hilos. Un debate inició, más allá de lo que las autoridades intentaron calificar como un simple acto de vandalismo.

Es doloroso ver la destrucción de algo propio y estéticamente hermoso. Pero creo que trae una valiosa oportunidad.
Imagine: No puedo relatar aquí que algún día en los años ochenta alguno de los chicos que jugábamos ahí discutimos sobre quiénes son las figuras que adornan esas calles. Sobre quiénes fueron los presidentes de la era liberal. O cómo influyó su visión de expropiación de tierras en que hoy seamos un país tan ácidamente desigual. En mi caso cercano, como grupo, solo lo hicimos hasta la semana pasada. En lo personal, duele pasar por La Reforma y ver la imagen destruida. Pero reconozco que a veces los procesos de aprendizaje son así: dolorosos. El martes pasado perdimos una efigie de nuestra avenida principal. Pero ganamos la oportunidad de discutir sobre lo que significa ese acto de rebeldía. Llenar la mente, pues, de conocimiento. Para no ser cabeza hueca, como las imágenes que nos adornan.

Prensa Libre

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