Tiene encanto, suspenso y cierto olorcito a intriga, imaginar como muchos imaginan que a caballo del eventual default o del peligro de default de Buenos Aires hay una operación oculta entre el gobierno provincial y el nacional, para ablandar a los fondos de inversión. O sea, a los acreedores privados de uno y otro Estado.

Cuenta un analista al tanto de la cocina interna: “Lo cierto, en cualquier caso, es que Axel Kicillof no se cortó solo, que cuenta con la venia de la Casa Rosada o la de alguien que pisa fuerte en las definiciones de la Casa Rosada”. Cuenta también que, antes de ahora, el propio gobernador había comentado entre sus íntimos: “Yo me manejo en tándem con la Nación”.

Está claro que si la movida resulta exitoso, Kicillof será el primero en sacarle jugo: podrá reprogramar un pago de US$ 250 millones que debiera afrontar el próximo domingo. Necesitará conseguir que el 75% de los acreedores acepte postergar el vencimiento hasta el 1° de mayo, lo cual no suena a sencillo aunque también suena a factible. El final se conocerá en cuestión de días y será, según cual sea, triunfo o fracaso: nada intrascendente por cierto, visto el voltaje que adquirió el operativo.

A propósito del escenario bonaerense vale, si se quiere, un antecedente que es bastante más que un antecedente.

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Los 250 millones forman parte de un bono de 750 millones a 10 años de plazo, que Daniel Scioli colocó en sus tiempos de gobernador, cuando Cristina Kirchner mandaba en la Nación y le retaceaba fondos hasta para sueldos y aguinaldos. Entonces prisionero del poder central y apretado por el cepo cambiario y por la falta de recursos, el embajador en Brasil designado por Alberto Fernández comprometió una tasa de interés impresionante: nada menos que del 10,875% anual en dólares.

“Ahora estamos hablando de una jugada muy riesgosa, bastante improvisada y hecha al límite”, dice el analista del comentario inicial. Remite al peligro de que Fernández pueda quedar demasiado pegado a Kicillof y a Cristina Kirchner, dos personas que no gozan precisamente de gran confianza en el mundo financiero, así ambos hubiesen tenido arte y parte en un par de acuerdos millonarios definitivamente ventajosos para los acreedores: los que se firmaron con el Club de París y con Repsol-YPF.

Hay, en medio del baile, un dato que maneja gente por lo general bien informada.

Cuenta que hacia noviembre, cuando el Frente de Todos ya había vencido tanto en la elección nacional como en la bonaerense, actuales funcionarios del Ministerio de Economía bonaerense empezaron a negociar con los tenedores del bono-Scioli. Las conversaciones continuaron y si ya se está cerca de reunir el 75% de los votos, Kicillof estaría armando un batifondo enorme por una operación casi cerrada. O por otros motivos.

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Parece demasiado pensar que estamos en presencia de un show, pero si existe algo donde el gobernador se destaca es en el arte de montar shows. ¿O pasa que detrás de la trama opera un copartícipe secreto, apelando al título de una notable novela corta del notable Joseph Conrad.

“¿Qué sentido hay en agitar el fantasma del default por módicos 250 millones de dólares?, se interrogan los especialistas. Y se responden: “Ninguno, si están a tiro el Banco Provincia y la alternativa de que el Bapro y un par de entidades más presten esa plata o sirvan de garantes para conseguir esa plata”.

Quedaría la vía de que el Gobierno pusiera los pesos y que, con esos pesos, Kicillof le comprara al Banco Central los dólares que precisa. Claro que US$ 250 millones equivalen a $ 15.750 millones. Sería un precedente insostenible, demasiado privilegio contra los 1.000 o 1.500 millones que la Casa Rosada viene anticipándoles al resto de los gobernadores y a cuenta de los fondos que les gira por la coparticipación.

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Fue otra rareza que Kicillof comunicara, a través de una escueta solicitada, que no tiene los 250 millones y que hubiese hablado de “tierra tierra arrasada”, refiriéndose a Buenos Aires y a la herencia de María Eugenia Vidal. Hernán Lacunza, el ex ministro de Economía de Vidal, le contestó que si quería pagar disponía de la plata.

Ruido sobre ruido alrededor de la principal provincia argentina. Y ruido que, inevitablemente, roza a la Nación.

Quizás pase, al fin, que el gobernador haya comenzado a preparar el terreno para un escollo que casi triplica al actual: los US$ 700 millones que vencen en mayo y que seguro no podrá enfrentar solo.

Entre tantos cabos sueltos, ese explica que Fernández pise el acelerador de modo de cerrar el capítulo de la deuda a fines de marzo. Es que en el ínterin, los vencimientos van comiéndose reservas que no abundan, imprescindibles además para contener eventuales presiones sobre el dólar.

Sea por el motivo que fuese, hay quienes piensan que es excesivo el optimismo del Presidente, cuando está de por medio un acuerdo que debe juntar a los bonistas y al mismísimo Fondo Monetario; encima, a dos partes que no reconocen intereses comunes sino, para el caso, intereses contrapuestos. El FMI pide quita a la deuda con los acreedores privados.

Recién cuando de allí asome el humo blanco de la fumata, Kicillof podrá sacar provecho del arreglo de la Nación. Y sacarlo al modo que le sea posible a la Provincia, pues ni los montos en danza son parecidos ni serán similares, por llamarlos de alguna manera, los beneficios que cosecharán del arreglo.

Ni hace falta aclarar que un default en la mayor provincia del país embarraría la renegociación de la deuda nacional. Tampoco, que siempre será necesario evitar a toda costa un crac inevitablemente sonoro.

Dicen los especialistas: “Ahí habrá de todo, según vayan desarrollándose las conversaciones. Pueden existir quitas al capital no inferiores al 20%, asociadas a plazos de pago para los bonos nuevos de 7 hasta 15 años y tasas de interés que debieran ser mucho menores a las presentes, para que el país logre un desahogo financiero que valga la pena”. Y habrá, desde luego, exigencias de los acreedores.

“Pero cuidado, el tiempo no es infinito”, advierte un experto. Otro afirma que las conversaciones marchan lentas, que todavía no se ha constituido un verdadero comité negociador y, finamente, que el trámite no se completará a fines de marzo como aspira Fernández.

¿Y con el FMI qué?, le preguntó Clarín a uno de ellos.

Respuesta: “Con el FMI tenemos el paquetazo impostivo y el desarme de la indexación de las jubilaciones, pero eso solo no alcanza”.

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El Fondo ya ha planteado que sigue a la espera de conocer un plan “detallado y de mediano plazo”. Quieren comprobar, en palabras de un director del FMI, si el programa resulta “consistente con los niveles de deuda que tendrían, digamos en cinco años más adelante”. Esto es, si garantiza el cumplimiento del convenio con los bonistas.

Traducido: cómo y con qué instrumentos la Argentina afrontará sus compromisos, lo cual equivale a decir superávit fiscal. Evidente, no consideran un plan a las medidas ya anunciadas aunque hubiesen sido una parva pero una parva desordenada.

Algo parecido a lo que se reclama debiera ser el Presupuesto Nacional. Una ley donde se precise la inflación, el dólar y el PBI que maneja Economía. También, los ingresos y gastos del Estado, la magnitud de los subsidios y el costo de los intereses de la deuda.

Si no hay trampas ni datos ocultos y todo se hace como dios manda, tendríamos eso que se le pide a un Presupuesto: ser un verdadero plan de gobierno. Pero a menos que Economía apure el paso, recién hacia fines de marzo se sabría hacia dónde vamos



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