Andrés Calamaro cerró anoche su gira “Cargar la suerte” en el Movistar Arena – Argentina Noticias Ultima Hora

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Recital de Andrés Calamaro en el Movistar Arena Crédito: Alejandro Guyot

“Los rockeros superamos muchas dificultades y seguimos resistiendo”, sentenciaba Andrés Calamaro, durante un intercambio de e-mails con LA NACION, días atrás. Y ayer, entre dos docenas de canciones que interpretó en el Movistar Arena, se escuchó aquella que dice: “No sabemos de que lado vamos a quedar parados” (“Clonazepán y circo” ).

No se refiere al rock pero, de algún modo, lo involucra. El rock quedará parado del lado de tipos como Calamaro, que apenas con el primer tema elegido para el show porteño (final de su gira actual “Cargar la suerte”) alcanzó la temperatura, arriba y abajo del escenario, como si fuera la última canción. Los nuevos discos (los que salen muy buenos e, incluso, los del montón) mantienen a los músicos de larga trayectoria con la pluma fresca y la cabeza alerta. Pero la verdad siempre estará sobre el escenario. Allí es donde deben salirle al toro para demostrar que tan vital está “su” rock. Y Calamaro es un veterano torero de muchas corridas. Una gira extensa lo mantiene en forma y el repertorio le proporciona esa cuota extra. Porque con entrelazar las nuevas canciones con esos hits inoxidables el buen concierto queda garantizado. “Pavimentamos el camino para que los siguientes músicos lo hagan con el culo sano”, dijo al hacer un flashback de sus cuarenta años de carrera, en la primera pausa del show, cuando ya habían pasado “Alta suciedad”, “Verdades afiladas”, “A los ojos” y “Me arde”, entre otros.


Recital de Andrés Calamaro en el Movistar Arena Crédito: Alejandro Guyot

Al promediar su faena puso sobre las tablas la Biblia y el calefón. Saludos para Hebe de Bonafini (por sus 91 años recién cumplidos) y para Pity Alvarez, con la promesa de ir a visitarlo a la cárcel. También hizo una comparación de su recital con otra de sus pasiones, la tauromaquia, y caminó el escenario como un predicador para hacer una pausa de música que fue plagada con palabras
a cappella, de todo tipo: agradecimientos, reflexiones, anecdotario e interacciones con el público. “Muchas gracias por dejarme hablar y escucharme con tanto respeto. No hacía falta”. Un auténtico Calamaro.

La segunda parte (“el segundo toro”, como le gustó decir al anfitrión) comenzó con la cumbia sin swing “Tuyo siempre” y siguió con “Crímenes perfectos”, esa balada que en otros tiempos fue un himno a la hora de los lentos. (Lo curioso es que su letra tiene un sino absolutamente tanguero, como “Los aviones”) ¿Y cuántos había allí de la quinta que vio el mundial “setentiocho”? Muchos. Pero, además, los de generaciones de ligas menores a las que Calamaro también llegó con sus versos y melodías. Esos a los que no les tocó crecer viendo “paranoia y dolor” a su alrededor, pero estuvieron allí, saltando y coreando cada estribillo.


Recital de Andrés Calamaro en el Movistar Arena
Recital de Andrés Calamaro en el Movistar Arena Crédito: Alejandro Guyot

Después sonó la disco music alla Jamiroquai (“Loco”), más tarde otro himno (“Estadio Azteca”) y bombazos de distinto tenor (“El salmón” y las rumbas rodrigueanas “Milonga del marinero y el capitán” y “Sin documentos”) hasta llegar a la despedida, para placar los ánimos, con “Flaca” y “Paloma”. El dato de color fue, entre tantas autoreferencias, una cita a Soda Stereo, tan de moda en esta época.

Calamaro ya es un clásico del rock argento e hispano. Una cita ineludible con grandes canciones del rock nacional. Y un sonido de banda que este músico define desde el momento de escribir cada canción y que, a estas alturas, encarna una especie de tradición donde la mixtura anglófona (desde los Stones hasta Steely Dan) empatiza con el color local.


Recital de Andrés Calamaro en el Movistar Arena
Recital de Andrés Calamaro en el Movistar Arena Crédito: Alejandro Guyot

“Los rockeros superamos muchas dificultades y seguimos resistiendo las actuales complicaciones -decía hace un par de días el inefable Andrés–. En el escenario moralista, puritano, progresista, intolerante y vegetariano nos presentan como imperfectos -y no comprometidos- posibles terroristas amorales. Hace veinte años nos arrebataron los discos con la excusa de piratear juegos de computadora para beneficio del Reich en Silicon Valley. Sin embargo, conservamos un estatus cultural inconfesable, me temo que irreconocible. Desacreditar a los rockeros es lúdico, nos pueden criticar por casi todo pero siempre a cierta distancia. Estamos operando como francotiradores.”

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