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Quiénes son los «Shuar», los aborígenes dedicados a reducir cabezas de personas | Noticias Argentina

Existen varias creencias y prácticas rituales a lo largo de la historia y el mundo, pero muchas de ellas no se conocen. Una de las menos conocidas es la tradición de la comunidad aborigen Shuar, que se encuentra en la cuenca amazónica que recorre Ecuador y Perú y es una de las pocas tribus que los españoles nunca pudieron doblegar cuando llegaron para conquistar América.

A pesar de las diferencias en cuanto a las creencias de este grupo de aborígenes, lo que más llama la atención de su peculiar tradición es la de achicar cabezas. Existen varias tribus a lo largo y ancho del planeta que cortan la cabeza de sus enemigos, pero los Shuar son los únicos que, además, reducen el tamaño de las mismas con un procedimiento propio.

Las cabezas reducidas son un signo distintivo de la comunidad Shuar (Imagen ilustrativa).

Shuar, que se encuentra en la cuenca amazónica que recorre Ecuador y Perú y es una de las pocas tribus que los españoles nunca pudieron doblegar cuando llegaron para conquistar América. A pesar de las diferencias en cuanto a las creencias de este grupo de aborígenes, lo que más llama la atención de su peculiar tradición es la de achicar cabezas.

Esta tribu americana también es conocida con el nombre de Jíbaros o Jívaros, que es un término que desde un principio se usó de forma despectiva de parte de los conquistadores y ellos no aceptan. A pesar de que convivan con el mundo moderno, estas personas y sus creencias no desaparecieron. Las prácticas rituales de estas tribus se terminaron por desplazar a varios países. La práctica ritual requiere de habilidad, precisión y paciencia, pero en la década de los años 50 fue prohibida en Perú y una década más tarde sucedió lo mismo en Ecuador, lo que generó que entrara en desuso.

¿Qué hacían y para qué?

Los integrantes de esta comunidad reducían el tamaño de las cabezas de quienes mataban, pero, la gran pregunta siempre fue … ¿para qué?. Según estudios efectuados durante años sobre las costumbres de estas personas indicaron que un concepto clave para poder entender mejor la motivación de los Shuar es que creen en la vida después de la muerte y le dan gran importancia al mundo espiritual.




Por eso, una vez que los Shuar mataban a alguien, ese espíritu continuaba vivo dentro de la cabeza y por eso accedían a cortarla en primera parte y luego reducirla, para así apoderarse del espíritu de aquel que fuera vencido.

Opinión calificada

El antropólogo de la Universidad Witwatersrand de Sudáfrica, Tobias Houlton, comentó en diversas oportunidades que «la idea de la tribu era atrapar el espíritu demoníaco, para evitar que de esa manera vengue la muerte del guerrero vencido«. Asimismo, para dejar más en claro qué era lo que buscaban con la reducción de los cráneos, describió que «el propósito de la reducción no era destruir el espíritu, sino esclavizarlo«.

La tribu separaba el espíritu del fallecido en dos, es decir que creía que existía un espíritu ligado al raciocinio y otro ligado a la parte motriz del cuerpo. Con esta idea, lo que los buscaban los Shuar era eliminar o vencer a aquel que continuaba viviendo dentro de la cabeza de la persona degollada.

¿Cómo lo hacían?

Una vez que cortaban la cabeza de su presa, como así la llamaban, los Shuar realizaban una incisión en la parte de atrás y arrancaban la piel del cráneo. Los que se dedicaban a realizar este ritual utilizaban un elemento cortante para quitarle los ojos, los músculos y la grasa. Tras efectuar ese primer paso, cerraban los orificios con espinas y luego cocían la piel en agua de río sobre una fogata. En este proceso, el agua no podía llegar a alcanzar el punto de hervor y debía estar allí durante media hora.




El antropólogo Houlton explicó que el agua a medio hervir era porque «si hervía, se corría el riesgo de que la piel se partiese y se desprendiera del cabello«. Y agregó que «cuando retiraban la piel del cuenco, la cabeza ya se había reducido a un tercio de su tamaño original«. Una vez que tenían la piel reducida, los «quirúrgicos» de la tribu armaban una especie de bolsa y manipulaban los rasgos con piedras calientes.

Esta información la proporcionó otra experta en los Shuar, la curadora estadounidense Anna Dhody, del Museo Mütter de Filadelfia, Estados Unidos. Inicialmente esas cabezas procesadas se manipulaban con piedras más grandes y en segundo término utilizaban piezas más pequeñas; y para finalizar usaban arena caliente para llegar a los huecos de más difícil acceso.

Las cabezas pasaban por un largo proceso hasta estar terminadas (Imagen ilustrativa).

Con la utilización de esas piedras calientes y la arena sobre la piel, las cabezas llegaban a reducirse a un quinto de su tamaño real. Además, aquellas espinas que utilizaban en el proceso para cerrar la boca y los ojos, eran reemplazadas por otros materiales que iban variando a gusto de cada uno.

El proceso de cerrar los orificios era uno de los más importantes, «para evitar que los espíritus se escaparan por los agujeros«, remarcó Dhody. Otro de los procesos que se agregaba era frotar la piel con ceniza, que les daba una tonalidad mucho más oscura. Adornaban la cabeza con plumas, caparazones de escarabajos, ostras y otros elementos y para finalizar el proceso, le realizaban uno o dos agujeros en la parte superior para ponerles una cuerda y así poder colgarlas del cuello y lucirlas como talismán.

Está prohibido el tráfico de «talismanes» 

Los Shuar tenían motivos de orden religioso para cortar y reducir cabezas a sus oponentes circunstanciales. Pero, cuando los conquistadores españoles llegaron y difundieron sus costumbres, con el correr de las décadas los occidentales, siempre tan creativos y «civilizados», incrementaron una demanda económica de cabezas reducidas, por lo que se produjo una sobredemanda de esos raros «souvenires» . Fue por eso que hubo un fuerte aumento en la tasa de homicidios en un esfuerzo por suministrar a los coleccionistas y turistas extranjeros.

El término «headhunting» [Cacería de cabezas], surgió a partir de esta práctica. Alimentos, pero también armas eran, por lo general, lo que los Shuar adquirían a cambio de sus cabezas reducidas. En cuanto al valor de las mismas, la tasa era un arma de fuego por cabeza reducida.

Durante la década de 1930, cuando los intercambios entre jefes se practicaban libremente, una persona podía comprar una cabeza reducida por alrededor de 25 dólares. Se puso fin a esta práctica cuando los gobiernos de Perú y Ecuador trabajaron para prohibir el tráfico de las cabezas.

Desde la década de 1940, ha sido ilegal la importación de cabezas reducidas en los Estados Unidos, que era la nación más demandante, lo que no impidió que igual ingresaran muchas a ese país. Un acto de reparación se produjo en 1999, cuando el Museo Nacional del Indígena Americano repatrió auténticas cabezas reducidas de su colección, para el Ecuador. En ese mismo sentido, la mayoría de los países también han prohibido el comercio, aunque en la actualidad, no es descabellado encontrar que en algún mercado negro se ofrezcan por muchos dólares.



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