La Corte ha vuelto a decidir. Le dijo “no” a la despenalización del aborto. Ahora decidió por Veracruz al dejar fuera el proyecto de un amparo impulsado por organizaciones no gubernamentales contra la penalización del aborto en ese estado. Así de Suprema ella. Nuestra tremenda Corte.

En la deliberación de marras, como ya se ha registrado puntualmente, cinco votos de igual número de ministros de la Primera Sala de la Corte decidieron, en la nublada tarde del 29 de julio pasado, sobre lo que ha de hacerse y no con el cuerpo de muchas. En sesión plenaria y enlazados vía virtual, dos ministras y otros dos ministros se decantaron por el “no”. Uno más, el mismo que había presentado el proyecto, se quedó en solitario con su “sí”. Ya se sabe, las decisiones de todas en las manos de unos. Es tremenda nuestra Corte. Con ello, nuevamente, desde las instituciones el Estado se han metido a mandar en las geografías del cuerpo. Ahora, en el cuerpo de la mujer. El suyo, que de nadie más.

Ya se ha dicho que en estos asuntos de mandar en el cuerpo no faltan las autoridades ni los ánimos para apoderarse de nuestro cuerpo tal y como si se buscara adquirir cualquier objeto de recreo, gozo u desecho. La autoridad familiar y la religiosa son de las más puntillosas a la hora de amaestrar y contener nuestra libertad de movimiento con vistas a moldear cuerpos obedientes, educados o puros. Se ha sumado, casi con la misma obstinación, la autoridad médica muy dada a ser indulgente para imponer sus reglas en el mantenimiento o recuperación de nuestra salud.

Pero en la gran batalla por apoderarse de nuestro cuerpo, son los poderes económicos y políticos los más osados. Al primero, le interesa adueñarse de los cuerpos como instrumentos de producción de riqueza. Marcan el esfuerzo, ahorro y la forma de administrar nuestro cuerpo para guiar la fabricación del bienestar. Al segundo, le interesa apropiarse de los cuerpos en tanto poderío político de uso al gusto, sumisos e integrados. Muy útiles en tiempos de amenazas de paz o guerra. Cuerpos dóciles de ciudadanos (es un decir) disciplinados, amaestrados.

Lo dicho. La tremenda Corte ha sentenciado incluso por graciosa omisión. Y ha sido clara: si nuestros cuerpos no nos pertenecen. Nadie los defienda. Menos que se amparen.

Volvamos a este 29 de julio. Ese mismo día, mientras los ministros de la tremenda Corte decidían sobre los cuerpos de muchas, otros más, tanto en las redes como en las calles, nos han vuelto a venir a ofrecer misa con los viejos sermones. Puño en alto, pancartas desplegadas, vociferantes, exigían ante la Suprema Corte que las primeras en defender la vida “desde la concepción” debían ser las propias mujeres, como si al defender sus cuerpos las mujeres no defendieran lo mismo.

No hace mucho. Hará cuatro años, uno de sus voceros más conocido de su Dios en la tierra, el Papa Francisco I, celebraba el Jubileo de la Misericordia que se extendió del 8 de diciembre de 2015 hasta el 20 de noviembre de 2016. Así, por sus fueros, les autorizó a los sacerdotes de la Iglesia a perdonar el pecado del aborto a las mujeres que les confesaron haberlo practicado. Todo un año de amnistía, amparos y derechos, o al menos el derecho al perdón. Tremendos los cielos.

Lo dicho. Por ahora todo indica que la despenalización seguirá el albedrío de las vocerías de los dioses en turno, sean de las cortes terrenales, sean del más allá. 

@fdelcollado



Cortesia Milenio

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