Borges, para mostrar que la pretensión de abolir el pasado es muy antigua, recordaba que el emperador de la China, Shih Huang Ti, tres siglos antes de Cristo ordenó que la historia comenzara con él,    lo que paradójicamente se convertía en “una de las pruebas de que el pasado no se puede abolir”, pues “tarde o temprano, vuelven todas las cosas, y una de las cosas que vuelven es el proyecto de abolir el pasado”.

Si lo pretérito no se puede suprimir, decidir qué recordar y sobre todo qué honrar en el presente, es una decisión que sí resulta posible.  Pero ello nos obliga a aproximar la historia como objeto de controversia, de discusión, pues lo legítimo en una sociedad democrática es que exista un debate, ojalá basado en el conocimiento y alejado de la imposición, la necedad o el calor del momento.

El filósofo Bjarne Melkevik en un comentado texto sobre derecho y memoria, señalaba que sólo eligiendo abierta y democráticamente las lecciones que nos deja el pasado, es posible que bebamos en la copa de Lete -la fuente del olvido en la mitología griega- y que “la democracia nos permite focalizarnos abiertamente, sin tabú, en el pasado para sacar la enseñanza que él nos deja, descartando totalmente la lamentable lógica del amigo y del enemigo”.

Las circunstancias de cada país obligan a hacer énfasis y matices, pero en muchos de los impulsos que se manifiestan para destruir los símbolos o imágenes que chocan con determinados criterios de ética, política, o ciudadanía, es posible identificar aproximaciones que pueden ser tan reduccionistas o discriminatorias como las que sus promotores alegan combatir, al tiempo que se corre el riesgo de incurrir en despropósitos e injusticias.

En este sentido cabe preguntarse si los actos de vandalismo que hemos visto en los últimos días tienen sentido o son la respuesta adecuada, pues como lo afirma la también filósofa Melissa Fox-Mouraton, el problema en el caso de los Estados Unidos, no son los monumentos sino el racismo. Ella advierte en todo caso que las estatuas no son obras de arte como cualquier otra cuando se encuentran  erigidas en una plaza pública, pues allí  juegan un rol que no es política ni moralmente neutro, y algunas pueden mantener presentes hechos dolorosos y verse como la imposición de una visión de la historia. Ahora bien, también es posible que los vestigios de un terrible pasado puedan entenderse como un recordatorio de acontecimientos que no deben repetirse, como es el caso de los campos de concentración nazi que fueron conservados como museos, para dar testimonio a las generaciones futuras de las atrocidades allí cometidas.

Ello reafirma la importancia de  la reivindicación de las víctimas y de la búsqueda de la verdad, que son indispensables para  una auténtica reconciliación social, así como  de las lecciones que deben derivarse  de los hechos históricos a través de  procesos deliberativos, que no pretendan crear una única visión de lo sucedido,  ni mantener los rencores  o los disensos, sino  brindar a cada uno la posibilidad de aproximar el pasado para aprender de él, y a la sociedad herramientas para sanar sus heridas.

@wzcsg

 

 



Cortesia El Nuevo Siglo

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